(Versión íntegra)*
Por Francisco J. Lauriño
−Son flores −dijo, clavando la vista en el horizonte−. Son flores.
Vienen flores.
−Pero, ¿cómo van a ser flores? Ahí no puede haber flores.
−Pues serán de plástico. Pero son flores.
Su terquedad era de sobra popular entre quienes le conocían. Así
que, igual que otras veces hizo lo que quiso a pesar de que con ello
arruinara, al decir de casi todos, su vida, ahora decía que eran flores, y
flores tenían que ser, costase lo que costase.
Además, tenía una vista proverbial que, lejos de mermar, había
mejorado con la edad, y eso a pesar de sus casi noventa años. Siempre
había distinguido con puntualidad cualquier mancha en lontananza y,
cuando en su juventud los vapores buscaban la barra del puerto y cruzaban
la bahía para, desde mar abierto, avanzar hacia las Vascongadas, era capaz
de seguir sus penachos humosos hasta más allá del horizonte. Él mismo
había sido durante un tiempo primer oficial en uno de aquellos barcos que
transportaban mercancías entre Santander y el puerto de Pasajes a finales
del siglo XIX.
Por eso era imposible que la vista le traicionase ahora. Por eso aquel
cuadro colorido que asomaba más allá de los azules profundos y de los
grises oscurecidos que reflejaban el cielo y la mar, aquella amalgama
extraña y disímil, no podía ser otra cosa que lo que él dijera. Por eso el
bulto extraño que derivaba, lenta pero inexorablemente, hacia la costa,
tenían que ser flores.
***
* En el libro Dos orillas, un mismo mar. Antología de cuentistas cubanos y asturianos
(Colección Máquina de las Palabras. CICEES. Gijón, Asturias, 2006), aparece el cuento
'Donde rompe y se levanta el agua' en una versión MUTILADA. Esta que se reproduce
aquí es la versión ÍNTEGRA.
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La mar gruesa golpeó el rompeolas con furia aquella noche. El
tiempo, que había sido benévolo pese a lo entrado del otoño, se vino al
norte a las pocas horas del descubrimiento que había hecho el Capitán, y la
resaca revolvió la tupida oscuridad tratando de tomar la tierra, desbordando
el rompeolas y zarandeando con furia algunos de los pesqueros que estaban
amarrados a puerto. Tiempo atrás, en los años juveniles del Capitán, antes
de la construcción del contradique, los daños causados a los cargueros
−entonces los transportes marítimos todavía superaban en tráficos a los
ferroviarios− y también a los pesqueros fondeados, hubieran sido
catastróficos.
En eso pensaba el Capitán, tumbado en su cama, desvelado, mientras
escuchaba con atención los rugidos de las olas y se transportaba hasta
aquellos días, pasto ya del olvido, extinguidos como una llama muerta por
falta de combustible, como su propia vida que, apagándose ya, falta de
vigor y también presa de ese terrible escepticismo que, a veces, acompaña a
la vejez, derivaba hacia el eterno fondeadero.
Se vio a sí mismo al mando del Aurora Boreal que, con mil
toneladas de registro, mil quinientas de carga, sesenta y siete metros de
eslora, diez de manga y más de cinco de puntal, era un barco muy
marinero. La indisposición del capitán le había elevado al puesto de mando
y fue aquella la primera, y la única, vez que se vería en un trance
semejante. Corría el año de 1897 y su pericia, su fornida juventud, su
vitalidad y su fortaleza, sus ilusiones, en fin, salvaron al vapor de un
naufragio seguro. En una noche tan negra como la de hoy, fría, lóbrega,
espantosa; mientras racheaba aquel viento norte que helaba la piel y
también la sangre, toda la tripulación se encomendó a la Virgen del
Carmen, la Estrella de la Mar, mientras el Capitán, esforzado y pletórico,
conseguía fondear en Castro-Urdiales. Pero el suplicio no acabó así, porque
el buque, embestido por aquellos elementos satánicos, confabulados quizás
en contra suya, comenzó a garrear y a punto estuvo de perderse
definitivamente en las restingas, de no haber sido por la destreza y el arrojo
que él demostró.
O como aquella otra vez, ya en los albores del siglo, cuando el
Maritornes, un patache con matrícula de Gijón que venía a Santander
cargado de carbón, y también de averías después de que el tiempo
empeorase de forma repentina, se vio necesitado de práctico. El Capitán, a
quien por entonces ya habían destinado a trabajos portuarios pese a su
probada valía en la mar, salió impetuosamente, en el pequeño barco de
prácticos, a cumplir con su oficio y, en mitad otra vez de una noche gélida
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y horrible, con todos los males del averno regurgitándose en la tremenda
resaca, mientras exponía la propia vida por darle el valor que, para él,
merecían las de los demás, se la salvó al patrón y a los cinco marineros que
constituían la tripulación.
−Son flores −se repitió para sí, mientras se arrullaba con los tan
conocidos rugidos de la galerna−. Son flores...
***
Supiste que no podía ser así, ni entonces, ni nunca. Supiste que algo
no era como tenía que ser. Que alguien, un otro yo, otra conciencia, se
rebelaba contra ti, contra tu realidad, contra las apariencias en las que
querías encubrir tus sentimientos. Supiste que no serías feliz, que no
tendrías ni un asomo de felicidad sin eso que te llenaba las entrañas, el
cerebro, el ser entero. Cómo corriste fuera de ti cuando la verdad se te
reveló cruda y sencilla, como siempre. Cómo trataste de salir de las calles,
de los muelles, de la mar, del alba, de ti mismo. Cómo corrías fuera de ti,
los muelles al alba, al atardecer, huyendo de ti mismo. Cómo te dejabas
azotar la cara por el viento y el salitre, esperando el milagro que no se iba a
producir, porque tú eras tú y no podías ser de otro modo. Noche, alba,
atardecer de nuevo. Cómo corrías. Cómo corrías tú.
Supiste que uno es, simplemente, sencillamente es. Que uno no
puede cambiar, si no le cambian, si no le trizan, como cristal, como roca
que jamás dobla, que tan sólo quiebra. Y si al principio pensaste que esa
era, cambiar, tu única esperanza, te rebelaste luego contra ti mismo, contra
todo, contra todos, y de tu vocación marinera, de tu fuerza, coraje, valentía,
arrojo, surgió aquella flecha de la determinación, qué menos, para no
quebrar, para ser tú.
Supiste, entonces, que el ser, hasta la muerte, debe serlo en aras de la
verdad.
−Mirad, el maricón. Es un marica. Estaba con el Cholo la otra noche.
−Se fueron juntos de la taberna.
−A vosotros qué os importa. Que cada santo aguante su vela.
Además, uno menos a repartir: así tocamos a más mujeres los demás.
−Sí. Allá él. Pero el culo lejos.
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No eran las risas. No era el desprecio, la incomprensión de un mundo
sinsustancia, hipócrita, desalmado. No eran las burlas que, pese a todo, te
traspasaban la piel para hincarse tan fuerte en el corazón. No. Era algo más.
La pérdida de aquella identidad falsa que quisiste, que quisieron, darte un
día, y a la que renunciaste, echándole arrestos, sin renunciar a tu vocación.
Ese era el nuevo sabor de la saliva en tu garganta. Por eso nunca te
quisieron, y después de hacerte respetar, peleas con puños, marcas sobre el
terreno de tus decisiones, espacio vital, problemas policiales, por eso
después se vengaron y, pese a tu valor reconocido, pese a tu coraje y a tu
fuerza, nunca, ni los de cerca ni los de lejos, ni los de abajo ni los de arriba,
consintieron jamás que llegases a ser capitán. Tú, Capitán, el capitán que
nunca pudo ser, hoy, lamiéndote las heridas desde tanto tiempo abiertas,
que aun supuran, por esa terrible condena a la soledad, a una vejez
marchita, injusta, terca, salida del fondo de ese averno social en el que te
tocó sobrevivir.
−Tiene huevos, el Capitán. Hay que reconocerlo −Capitán, sí,
Capitán, dicho, así, por ellos, sonaba a guasa, sonaba a quiero y no puedo.
Sonaba a que te pasaban ante el rostro tu mayor ilusión para, crudamente,
escupirte que nunca llegarías a festejar la llegada a la meta que desde crío
te habías propuesto, Capitán. Con cuánta ira y desprecio, con cuánta
injusticia y con cuánta poquedumbre se enfrentan los hombres a lo que
creen distinto, miserables, en sus pútridas convenciones, en lo correcto, en
lo fácil, en lo llevadero, despreciando otros caminos, otras maneras, otros
itinerarios, otros rumbos, Capitán.
−Sí. Sí que tiene huevos. Todos os acordáis del Aurora Boreal, pero
¿un marica?, ¿lo salvó un sarasa? −un sarasa, lo había salvado un sarasa.
Un maricón, arriesgando la vida en el Maritornes, pero no por ellos, no,
para que tú, perra, santa, amada, odiada mía, veas que estoy aquí, que soy
más fuerte que tú. Por eso no hubo elogios, no hubo felicitaciones nunca
más. Por eso las miradas severas de la oficialía al pasar por la
comandancia, por eso las risas contenidas de los guardias. Por eso. Pero a ti
te sobraba con las sonrisas agradecidas de aquellos hombres que salvaste.
−Esas lacras hay que ocultarlas, Capitán. Nunca nos tendríamos que
haber enterado. Hubiera sido mejor para todos −un consejo, siempre hubo
quien quiso darte consejos. ¿Recuerdas al cura Pellejero, cuando la época
del mayor escarnio, cómo pasó a verte por casa y, todavía en vida de la
vieja, te vino con el cuento de que te volvieras al “buen camino”, aunque
sólo fuera por ella, decía, el muy chantajista, aquel sacerdote hipócrita que
nunca habría de entrar en el reino de los cielos del que quería, sí, Capitán,
quería ser portero? Pobre vieja, te decía, insolente, no la lastimes de ese
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modo. ¿Quieres que se muera de pena? Sí, Capitán, así decía, señalando
aquel cuerpecillo tenue, que se apagaba como ahora comienzas a apagarte
tú, después de tanto tiempo, después de tanta lucha, después de tu derrota
hasta hoy, hasta este fuerte inmenso, este puerto todo mar, malecones
imposibles, la ensenada infinita, tierra adentro, ya todo mar, Capitán.
La pena te corroía. La pena no te dejaba ser tú. Pero no por eso
renunciaste a lo que, junto con la mar, era lo mejor de ti, del mundo. El
amor, que mendigaste entre aquellos seres absurdos e ilegales con quienes
te veías obligado a compartir noches de insomnio y de tristeza. Pero tú eras
así. Era tu naturaleza. Así ibas hilvanando el soliloquio de la vida,
condenándote, por amor, amores de muchachos, no correspondidos,
condenándote a la soledad, el marica, denostado, rechazado, aunque, a la
arribada de la futura vejez marchita te llegaría el respeto de algunos, la
incomprensión de casi todos, la burla ya de los menos, reconociendo,
quizás, que tu fuerza, que tu vocación quizás, habían acabado, pese a todo,
por ganárselos.
***
−Son flores −se repitió para sí, mientras se arrullaba con los tan
conocidos rugidos de la galerna−. Son flores... No pueden ser otra cosa. Yo
las he visto. Las veo todavía... −y el sueño se iba apoderando de él, y la
marea subía por encima de la dársena situando la rompiente tierra adentro,
y el agua se levantaba sobre los artificios, sobre las creaciones humanas, y
abarloaba los barcos amarrados a puerto y todos ellos comenzaban a
descoyuntarse poco a poco, a transformarse en restos del naufragio sobre
una tierra ya mar, sobre el mar posesivo, único final, el naufragio final de
los hombres.
Sí, eran flores. Las flores de los muertos.
FIN