Fotografía de Nel AmaroTenía preparado otro artículo para este número de julio, no es la primera vez que me ocurre, pero cuando ya terminaba el plazo para enviárselo a Carmen, y que lo publicase en Ciudad Lineal, apareció en una de las televisiones privadas de nuestra autonomía un programa sobre la realidad del sistema educativo actual. Consideré que era lo suficientemente importante como para meter en la nevera, esperando mejor oportunidad, el que tenía escrito sobre población y evolución económica reciente de nuestra cuenca. En el programa en cuestión se demonizaba la figura de un profesor de Biofísica de la Universidad de Oviedo, D. José Luis Fernández, maldito y proscrito él, que solo había aprobado a uno de sus alumnos. Cuando después del reportaje apareció el ínclito docente, me encontré con un señor de unos sesenta años, de aspecto amable y carácter afable. Comenzó explicando que los datos, sobre el número de aprobados no era correcto, ya que en su asignatura aprobaba, entre junio y septiembre un sesenta por ciento de los alumnos. A su vez, comentaba que del total de sus ciento cincuenta matriculados, asistían a clase solo cincuenta. Además mirando los currículos de cada uno, se veía que en su enseñanza secundaría iban esquivando sistemáticamente las asignaturas más difíciles, como la física y matemáticas, para conseguir unas notas más altas y poder entrar en Medicina, Ingeniería, etc; carreras que tienen una nota de corte muy alta. Y la ley se lo permite, pues van siguiendo el itinerario de una opción en la ESO y el Bachiller que posteriormente les lleva a estudiar aquello que deseen, aún no consiguiendo verdadera capacitación en las materias más esenciales. Si a esto unimos la demostrada falta de interés que los jóvenes actuales tienen hacia todo lo que les acarrea un esfuerzo adicional extra, el resultado es la catástrofe. El mismo profesor comentaba que estaba impartiendo menos del cuarenta por ciento de la materia que explicaba en 1980. Y que además establecía la nota del corte para el aprobado, ya no en el cinco, si no en el cuatro.
Mi experiencia como docente es parecida. Mis alumnos, sea cual sea el nivel de enseñanza al que pertenezcan, saben que para nada soy un profesor “hueso”. Así lo asienten cuando se les pregunta. Y aunque mi número de suspensos no llega a ser muy elevado, si reconozco que el volumen de contenidos que se imparten, hoy en día, es muy inferior a los que se nos podían exigir a nosotros hace algunos años. Y fijaros que digo conscientemente, impartir y exigir, a unos y a otros, con lo que ello conlleva.
Claro; la solución para algunos, que sacralizan en exceso a los estudiantes, vendría de la mano de bajar aún más los contenidos y las exigencias. Pero; ¿ Qué ocurriría entonces? Muy sencillo, nos encontraríamos con jaurías de licenciados que no sabrían lo que tienen entre manos. El profesor Fernández comentaba que eso lo que propiciaría era una mayor separación entre una clase pudiente que enviaría a sus vástagos a estudiar a las Universidades privadas y la gran masa de individuos mal formados en la Universidad pública. Estoy totalmente de acuerdo.
Además ¿ Qué pasaría con un médico que no conociese por donde queda un órgano cualquiera, en qué barrio, localidad y código postal o como se detecta una enfermedad y cuáles son sus síntomas iniciales. La repanocha, señores. La solución pasa por establecer sistemas de enseñanza – aprendizaje que sean verdaderamente eficaces, exigentes en medida justa, que hagan a los jóvenes capaces de asumir sus compromisos formativos y finalmente incorporando el ámbito familiar al modelo educativo, desde las etapas de infantil a bachiller. Que permita conocer las aptitudes y actitudes de cada educando, para determinar una senda más acorde a sus posibilidades. Medidas estructurales, eficaces y comprometidas, no parches temporales que sirvan para dar más o menos espectáculo informativo o de juicio público ante docentes comprometidos y en favor de un sistema educativo carente de valores y compromisos sociales, donde lo que importa, muchas veces, es tener un diploma y unos cromos colgados en la pared, a los que quitarles el polvo y sacarles el brillo con vaselina.
Heri Gutiérrez García.
Mi experiencia como docente es parecida. Mis alumnos, sea cual sea el nivel de enseñanza al que pertenezcan, saben que para nada soy un profesor “hueso”. Así lo asienten cuando se les pregunta. Y aunque mi número de suspensos no llega a ser muy elevado, si reconozco que el volumen de contenidos que se imparten, hoy en día, es muy inferior a los que se nos podían exigir a nosotros hace algunos años. Y fijaros que digo conscientemente, impartir y exigir, a unos y a otros, con lo que ello conlleva.
Claro; la solución para algunos, que sacralizan en exceso a los estudiantes, vendría de la mano de bajar aún más los contenidos y las exigencias. Pero; ¿ Qué ocurriría entonces? Muy sencillo, nos encontraríamos con jaurías de licenciados que no sabrían lo que tienen entre manos. El profesor Fernández comentaba que eso lo que propiciaría era una mayor separación entre una clase pudiente que enviaría a sus vástagos a estudiar a las Universidades privadas y la gran masa de individuos mal formados en la Universidad pública. Estoy totalmente de acuerdo.
Además ¿ Qué pasaría con un médico que no conociese por donde queda un órgano cualquiera, en qué barrio, localidad y código postal o como se detecta una enfermedad y cuáles son sus síntomas iniciales. La repanocha, señores. La solución pasa por establecer sistemas de enseñanza – aprendizaje que sean verdaderamente eficaces, exigentes en medida justa, que hagan a los jóvenes capaces de asumir sus compromisos formativos y finalmente incorporando el ámbito familiar al modelo educativo, desde las etapas de infantil a bachiller. Que permita conocer las aptitudes y actitudes de cada educando, para determinar una senda más acorde a sus posibilidades. Medidas estructurales, eficaces y comprometidas, no parches temporales que sirvan para dar más o menos espectáculo informativo o de juicio público ante docentes comprometidos y en favor de un sistema educativo carente de valores y compromisos sociales, donde lo que importa, muchas veces, es tener un diploma y unos cromos colgados en la pared, a los que quitarles el polvo y sacarles el brillo con vaselina.
Heri Gutiérrez García.
