Pasa con algunas muertes, como la de Francisco Umbral, que además de llevarse por delante al sujeto paciente, abren un buen agujero en la biografía afectiva e intelectual de sus contemporáneos. Porque a través del lenguaje, Umbral marcó indeleblemente incluso a quienes no le leyeron. Nadie como él ha aportado al idioma un caudal tan abundante de neologismos o giros que inmediatamente se incorporaban al habla de la gente y, por lo tanto, a su manera de ser y estar en el mundo. En esta capacidad descomunal hay que buscar el origen de muchos de los odios que suscitó entre sus colegas. En los años setenta y ochenta creó un estilo de escritura tan vital y poderoso que era casi imposible escribir sin imitarle. Las columnas de su baudelariano Spleen de Madrid testimoniaban magistralmente cada día la transformación del «poblachón manchego» que había sido anteriormente, en capital bulliciosa de la modernidad y la movida. Umbral no se limitaba a escriturar lo que estaba pasando, sino que recreaba los acontecimientos, los teñía de metáfora y argot y describía aquel parto de ingenuidad y anfetas en el que se estaba alumbrando una ciudad. Y, al mismo tiempo, iba creando la peculiar galería de iconos dispares -Carrillo, Tierno, Pitita Ridruejo, Massiel, entre decenas- que se movían por el bestiario patrio tras la muerte del dictador. Como testigo y actor de la transición -la Santísima Transición- escribió textos imprescindibles. Uno de ellos, sobre la etapa felipista, le ganó la animadversión de parte de la izquierda. Umbral se había pasado al enemigo, dijeron. Sin embargo la lectura de alguno de sus libros -«Crónica de esa guapa gente» o «Diccionario de literatura», entre otros-, demuestran su independencia de criterio y la proporcionalidad en el reparto de mandobles a derecha e izquierda. Es cierto que el peor Umbral aparece cuando el personaje se impone al escritor y en ese aspecto hay que reconocer cierta dosis de arbitrariedad en sus filias y fobias. Pero son también indudables una valentía y honestidad de juicio que no se dejaba influir por la condición de amigo o enemigo de las personas objeto de sus opiniones. Fue esta característica -sus juicios sobre Laín Entrialgo, poco antes de Umbral ser propuesto para la Academia, por ejemplo-, la que le cerró el paso a la institución, error grosero e imperdonable. Es curioso resaltar que después del rechazo a Umbral se produce, sin objeciones, el ingreso de su antiguo director en el diario donde trabajó de 1976 a 1988, a pesar de que una única página de «Mortal y rosa» o un par de columnas de Umbral valen por toda la obra literaria (?) del hoy magnate de la comunicación. Otra de las mezquindades ha sido el tratamiento dado a la noticia de su muerte por el periódico citado; en el número del 29 de agosto aparece en portada a una columna, minimizada respecto al fallecimiento de un futbolista y se califica cicateramente al escritor como «voz de la ironía». En el interior, el mismo diario editorializa sobre la muerte del deportista y le dedica cinco páginas, por solo dos a su antiguo colaborador. En términos de calidad estilística, no resulta fácil encontrar en el último siglo un parangón a la prosa, sobre todo a la prosa periodística de Francisco Umbral. Y es necesario matizar el término prosa, porque la mayoría de sus columnas alcanza las cotas más altas cuando aparece ese lirismo que nos arrasa con la hermosura de sus hallazgos. En tales casos la tensión, mantenida milagrosamente de la primera a la última línea, tiene mucho más que ver con la poesía que con la prosa, posee la intensidad del poema. Más difícil todavía: Umbral es capaz de mantener esa intensidad casi a lo largo de todo un libro, como sucede con «Mortal y rosa». Se ha hablado estos días de la capacidad de Umbral para transformarlo todo en literatura. Es probable que incluso no distinguiese muy bien la literatura de lo que no lo era, y de ahí las contradicciones y rastros falsos que fue dejando en algunos aspectos, sobre todo en los referidos a su biografía. Al autor le encantaría leer algunos de los comentarios de estos días, fruto del despiste que él mismo propició. Todo ello es secundario. Leámosle, quedémonos con el escritor y, mientras le leemos, olvidemos al personaje. Y esperemos que la justicia se sobreponga a la mezquindad. No estaría mal, para empezar, que todos los columnistas de este país de columnistas insignes -Alcántara, Millás, Rigalt, Raúl del Pozo, Vicent y tantos otros- reconociesen y se reconociesen en la obra ahora conclusa de su maestro.
FRANCISCO JOSÉ FARALDO