Los que, por cualquier razón, nos relacionamos diariamente con la gestión de la calidad, en nuestra profesión, bien por ser docentes de la materia, coordinadores de un departamento al uso, o puede que por ambas razones a la vez, sabemos y, entre chascarrillos, comentamos una fábula que habitualmente presentamos a nuestros alumnos como paradigma de aquello que nunca se debe hacer. Lo que para el querido amigo, y gran árbitro, Quique Mejuto, sería ineludible de comentar a los críos, entre los que imparte experiencias, en los variados campus de verano en los que participa; o lo que para un cura es la liturgia religiosa de la misa.
De partida se debe tener en cuenta que una empresa tendría inviable su certificación en cualquier norma de calidad si, en sus departamentos, dirección o niveles y unidades más elementales, la idea, la política de calidad, no es bien asumida; por supuesto. Pero supongamos que toda la empresa, en sus diferentes escalas, y los seres humanos que la integran están rendidos a la causa. ¿ Cómo puede “irse a la chingada”, según diría el filósofo contemporáneo Cantinflas, la calidad empresarial?. Y... Hasta me atrevería a decir, detrás de ella, la propia empresa!. La respuesta, es la siguiente.
En una consultoría, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que “curraba” un hidalgo asesor de los de dogma en astillero, gomina fina, traje almidonado y deportivo último modelo... Agradezco y, a la vez, pido perdón, de corazón, al gran Miguel de Cervantes por la osadía de usar sus frases en este artículo; pero creo que la razón vale la pena. Sigamos pues; este joven fue requerido por un promotor de espectáculos de música clásica para realizar un estudio sobre cómo mejorar la marcha de su negocio. Le invitó a un concierto y observó, con gran agrado, que el joven asesor no paraba de tomar notas. Una vez terminada la velada, preguntó al asesor, sobre lo que tenía en aquella libreta, forrada en piel y letras doradas, mucho más importante, por su presencia, que los manoseados de Van Gaal o Raijkard. Él contestó, repeinando su grasienta melena con un gesto de distinción y casi desprecio, como el torero, que se los empieza a encontrar otra vez en su sitio, después de estoquear a su enemigo, y sale del envite arrastrando los pies con aire vacilón. No te preocupes; puntualmente, en unos días, tendrás mi informe detallado y la minuta correspondiente, con el número de cuenta, en la que debes ingresar el dinero, en la sucursal de las Barbados del “Mundial Bank”. Se dieron la mano y les costó separarlas, no por el apego y empatía personal si no por la goma apelmazada de la brillantina, sobre la palma del asesor.
Como se había prometido, y en tiempo, el promotor tuvo, sobre su mesa, el estudio final. Cumplidor, dio la orden de transferencia. De noche y en casa, relajado sobre el sofá, con una copa de sol y sombra en su mano, leyó; aunque no sé si procesó. El análisis dictaba así:
“ Estimado Sr. Roncesvalles: Le agradezco la excelente velada, que me proporcionó. Sin duda, ha sido fructífera y reveladora para mejorar los resultados de su negocio. Le comento; considero que de los quince violines que integran la orquesta se podrían eliminar diez; el personal de ese departamento debe ser drásticamente reducido para minimizar costes. Por otro lado, los dos trombones y el saxo pueden desaparecer ya que su participación es ocasional. De ser necesaria su inclusión en la obra, se podría salvar con equipos y pistas de grabación electrónicas y digitales, así también incorpora las nuevas tecnologías a su negocio y puede acceder a subvenciones pensadas para tal fin. Instrumentos baratos, como las maracas y panderetas, no los he visto en la banda; considero necesaria su introducción para rentabilizar inversiones. Otros como los triángulos y campanillas, de sonido agradable para el oído, que además tienen poca participación a lo largo del concierto, deben ver aumentado su número, al ser también baratos, y su importancia en la obra. Finalmente considero que las notas y los silencios deben ser normalizados. También se podría reducir la duración de los conciertos. Por cierto; ¿ Ha pensado cambiar las obras y autores que presenta en su menú?. Se lo aconsejo; así podría sustituir los músicos de cámara que emplea, por otros menos cualificados, más noveles y baratos...¡ Piénselo!. Finalmente; le aconsejo la venta de palomitas, pipas y caramelos a la entrada del teatro y la contratación de vendedores ambulantes, que deambulen por la sala, como los de las playas. Creo que consiguen un margen de beneficio bastante interesante. Atentamente suyo; “X” asesor de empresas, auditor de calidad, gestor de formación continua para empresarios y desempleados.”
Esta fábula, puede que tal y como se comenta resulte excesivamente fantástica, pero quién cree en ella, y como el alcalde de Zalamea decía, “vive Cristo que va teniendo razón”. La calidad supone introducir normas de mejora de gestión, de infraestructura y de maquinaria, pero nunca debe dejar e lado al verdadero actor y motor de la empresa, el ser humano, so pena de muerte por inanición de la entidad. Carpe Diem, amigos.
Heri Gutiérrez García