¿QUÉ ES LA LITERATURA? Una reflexión. Por Francisco J. Lauriño
Intentaré sustanciar aquí, de algún modo, y sesgadamente, lo que pienso que es la literatura, o, por lo menos, lo que significa para mí y de qué modo lo hace, valiéndome de tres citas (literarias, por supuesto).
1.- Poesía.
“Maldigo la poesía / concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, / se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía / de quien no toma partido / hasta mancharse”.
¿Servirán tal vez estos conocidos versos de Gabriel Celaya para abrir el corazón del escritor al posible lector y definir sin ambages lo que piensa, no ya de la poesía, sino del papel que debe jugar la literatura en la sociedad, en el grupo, en la vida? Si trocamos el término “poesía” por el más genérico “literatura” obtendremos dos resultados, a saber: el primero, la ruptura absoluta del metro y, por lo tanto, del ritmo, lo que significa una alteración tan sustancial de la estructura formal que estaríamos, objetivamente, ante un texto distinto; el segundo, y mucho más importante para los efectos que yo persigo, una generalización de los contenidos semánticos.
Si declaro que, como autor, “maldigo la literatura —la narrativa, en el caso que nos ocupa— concebida como un lujo cultural”, puede que algunos de quienes me leen piensen que esa es la negación de uno de los puntos más justamente valorados por la sociedad actual: la poesía, la narrativa, la literatura, la cultura, en fin, como lujo al alcance de la mano, pero lujo en todo caso. Al fin y al cabo, siempre habrá quien piense que la sociedad demanda como importantes otros hechos, otras cosas. Que la calidad de la vida de los ciudadanos se mide más por metros de césped plantado, de luces, fuentes o bancos puestos a su disposición; de buenos servicios para los ancianos y los jóvenes, de viviendas dignas y de transportes baratos y eficaces... Que lo que importa al bolsillo y lo que aporta la necesaria tranquilidad nocturna sobre la almohada se encuentra más en la integridad y profesionalidad de los médicos y sanitarios, de los maestros, de los banqueros (ésta sí que es una ficción), de los funcionarios que te atienden en la perfecta ventanilla, ante la que tus problemas pueden dejar de serlo o, como en Kafka, complicarse hasta el infinito, dentro de esa inhumana máquina que es el castillo que aplasta al agrimensor K.
Pero no es cierto. No lo es del todo, quiero decir. Todo eso ha de funcionar, y ha de hacerlo de la mejor manera posible. Carecer de esas cosas, o disfrutarlas sesgadamente, significa, sin duda, una mayor insatisfacción y un retroceso en la evolución de las comodidades, que no otra cosa es la historia de la humanidad.
Pero entre esas comodidades, y ya desde el comienzo de los tiempos, está la cultura. Están las manifestaciones de lo lúdico, el “homo ludens” que diría Johann Huizinga. Están las expresiones de lo, digamos, para entendernos, “espiritual”, en forma de manifestaciones artísticas, desde las cuevas prehistóricas, hasta las más modernas y vanguardistas obras de Chillida, de Picasso, de Chagall. Están las expresiones que, con el nacimiento de la escritura, van a ser, primero, la prueba documental del paso del hombre por la tierra y, por lo tanto, los materiales que posibilitarán el advenimiento de la historia y, más tarde, la aparición de otra nueva manifestación “espiritual”, en forma de canciones, historias narradas, gestas primigenias, que serán el germen de aquello que, hasta hoy, hemos venido llamando literatura.
Literatura: poesía para Aristóteles, dos términos, poesía-literatura, tan fraternalmente uno. Pues mal que nos pese son sinónimos y pueden seguir siéndolo, aunque su manifestación formal rompa ritmos y destroce versos octosílabos al usar de la definición de Celaya.2.- Teoría.
Refiriéndose a aquello en lo que consiste el éxito de todo gran arte, como discípulo consecuente de Hegel, e intentando armonizar la esencia y el fenómeno, dice Gyorgy Lukács que el objetivo del arte es:“...dar una imagen de la realidad en la cual la contradicción entre la esencia y el fenómeno, entre el caso particular y la ley, entre la inmediatez y el concepto, etc..., se resuelva de tal manera que ambos elementos coincidan en una unidad espontánea a través de la impresión inmediata de la obra de arte, que constituyan una unidad indisoluble a los ojos del receptor”.
Si lo literariamente representable debe tener algún tipo de cualidad para serlo, el fenómeno acaba por elevarse a cumbres muy queridas al elitismo. El concepto mismo de “gran arte” ¿lo sería frente a “arte pequeño”? No hay, desde el humilde punto de vista de este narrador nada que conciliar, porque la realidad es la realidad y el arte es el arte.
De cómo en su momento se haya intentado instrumentalizar el arte, la literatura también, para “influir” en la realidad existen testimonios decididamente escalofriantes. Más porque ni esas literaturas han servido como tales, porque no aportaban la fantasía y los sueños de liberación, de rebelión y de informalidad de lo que venimos llamando “espíritu”, ni tan siquiera sirvieron al uso que quisieron darles sus inventores para mantener quieto al verdadero creador que no se sujeta y que, lejos de dedicarse a la reflexión sesuda para maquinar e imponer, se libera y concluye en una obra que, ante todo, pueda conmover.
3.- Diversión.
“...Todas las ficciones hacen vivir a los lectores ‘lo imposible’, sacándolos de su yo particular, rompiendo los confines de su condición, y haciéndolos compartir, identificados con los personajes de la ilusión, una vida más rica, más intensa, o más abyecta y violenta, o simplemente diferente de aquella en la que están confinados en esa cárcel de alta seguridad que es la vida real. Las ficciones existen por eso y para eso. Porque tenemos una sola vida y nuestros deseos y fantasías nos exigen tener mil. Porque el abismo entre lo que somos y lo que quisiéramos ser debía ser llenado de alguna manera. ‘Para eso nacieron las ficciones’: para que, de esa manera vicaria, temporal, precaria y a la vez apasionada y fascinante, como es la vida a la que ellas nos trasladan, incorporemos lo imposible a lo posible, y nuestra existencia sea a la vez realidad e irrealidad, historia y fábula, vida concreta y aventura maravillosa”.
(La tentación de lo imposible, Madrid, 2004, Mario Vargas Llosa.)La visión plural de la literatura es, desde mi punto de vista, la única posible. Quiero decir que sin contemplar la obra literaria como ficción, como universo propio, como forma y sustancia de un mundo nuevo, distinto al de la realidad, que es, grosso modo, la tesis sostenida por Mario Vargas Llosa, poco podemos fiar en que algo escrito deba considerarse como literario. Pero el papel de la literatura no puede terminarse ahí. Ése es, más bien, el comienzo, la base, acertada base, que tiene por fuerza que amarrarse a otros intereses. Y digo bien, “intereses”, porque quien crea, literatura, pintura, fotografía, escultura, música, lo que sea, lo hace instado por unos intereses personales que están inequívocamente unidos a la obra creada.Es decir, yo no puedo quedarme en que aquello que yo escribo —literariamente, se entiende—, sea un simple divertimento, un pasatiempo al que me he dedicado porque no tenía otra cosa mejor que hacer. Mas ciertamente que también lo es, sin vergüenza ninguna, para quien los escribió y, desde luego, para el que los vaya a leer. Pero mi interés primordial al escribir era otro. Mis intenciones son realistas. Vale decir, que están sentadas en la realidad para trascender de ella y hacerla, mediante el don de la creatividad, convertirse en universo nuevo, propio, en realidad fuera de la realidad pero con los débitos hacia ella. En sujeto propio.Sería un ingenuo si pensara que la literatura, el arte en general, pueden cambiar las cosas, incidir en esa realidad “real” y transformarla completamente. O peor que un ingenuo, podría ser un defensor del dirigismo que en su día practicaran diversos sistemas políticos e ideológicos que trataron de usar del arte en bien propio (otra faceta, pues, del arte: el uso político). Pero lo que está claro es que, con ingenuidad o sin ella, lo que queda escrito con un ánimo de criticar tiene el poder de revolver en el corazón de la gente y, para bien o para mal, hacerla pensar en problemáticas ajenas y conmoverse con ellas (la catarsis aristotélica, sin más), lo que, a la larga, ha de tener su correlato en el cambio constante de las sociedades, de la colectividad de la que forman parte esos individuos conmovidos y afectados por las pasiones de aquello que han leído.No me olvido, por supuesto, de la faceta “divertimento” al hablar de literatura, pues ésta también puede contemplarse como como “diversión”. Ciertamente que la lectura debe competir hoy con otras, digamos, aficiones. Lejos quedan aquellos tiempos en los que, al calor de la lumbre, se leían (o se contaban de memoria) historias fabulosas. En un tiempo sin mass media, sin televisión, sin radio a veces, aquellas reuniones entretenían y daban sabor a la vida. Hoy existen otros medios diversos a la literatura para contar historias. Las series televisivas, el cine, incluso los video juegos, tienen una dosis grande de narratividad. Buena o mala, adecuada o no —ese no es el tema a tratar aquí— pero la tienen. Así que no resulta extraño que en ocasiones la creación literaria se sienta influida por esas otras formas narrativas, unas veces para bien y otras para mal. Por ejemplo, cuando Arturo Pérez-Reverte escribe La reina del Sur (también otras novelas) yo estoy convencido de que lo hace no sólo pensando en el libro que se venderá posteriormente en las librerías, sino en una posible versión cinematográfica (que, por otra parte, me parece que todavía no existe); otro tanto de lo mismo con La fiesta del Chivo de Vargas Llosa (en este caso sí existe el film), o incluso con El Hereje, de Miguel Delibes. Por eso se produce a veces un efecto estilístico de gran importancia para la estructura narrativa de la obra: es lo que yo llamo efecto guión, como si el escritor estuviese trabajando en un cuerpo literario estrictamente visual, que opera con códigos narrativos al uso (los guiones cinematográficos también), pero orientados no sólo al progreso de la historia que se cuenta, sino también a la previsible visión en imágenes proyectadas sobre una pantalla de ese argumento. Y he aquí una manera de adaptarse a los tiempos que corren y, aprovechando el tirón de los nuevos medios narrativos, hacer literatura a su costa. Quizás éste sea un camino, aunque los peligros siempre acechan al transitar nuevos senderos. Y conste que no hay nada de malo en indagar en ellos, porque los resultados literarios (y no sólo comerciales) de los títulos que cité así parecen confirmarlo.
En todo caso, si la dimensión de las ficciones a las que llamamos literatura no se cifra más que en el mero pasatiempo, como ya dije antes, se pierde la relevancia que se supone debería tener una obra literaria (¿debe ser una obra literaria relevante?: éste es otro debate más, en el que tampoco vamos a entrar). Desde que el hombre es hombre, las diversiones han tenido una importancia capital en su forma de entender la existencia. Lo lúdico podría decirse que define a la persona, aunque los animales también jueguen y retocen (tomo en parte esta tesis de la obra Homo Ludens, de Johann Huizinga, que ya cité antes). Por eso, con el progreso de la cultura —funcional unas veces, ornamental otras, siempre esperándonos ahí para lo que gustemos, denostar, criticar, participar, saborear, amargarnos— hemos llegado a tener la opción de elegir. Ahora nosotros mismos podemos ser el juego, y la literatura no se queda aparte: lúdicos resultan en su forma de entender la literatura Julio Cortázar u otros hispanoamericanos, como Cabrera Infante, por dar un par de ejemplos.
De todo eso hemos intentado extraer alguna esencia. O quizás haya sido la esencia la que nos ha ido llegando poco a poco, componiéndonos como persona cultural y formándonos en ese uso que queremos literario. Desde la más tierna infancia, quien se ha conmovido con los sufrimientos de Oliverio Twist, disfrutado el ancho mundo de Phileas Fogg, o cantado la canción del cofre del muerto; quien ha subido a las nieblas de Peña Mea con Nolo de la Braña antes de cumplir los doce años, o leído en la Biblioteca de Babel recién cumplidos los diecisiete; quien se ha dejado engañar por los cien años de soledad de los Buendía en la feraz climatología de un trópico inexistente apenas llegados los quince de edad, quien, en fin, adolescente, penó con algunos existencialismos del Noventa y Ocho y con ciertos formalismos del Veintisiete y se manejó con candor y respeto musical en los endecasílabos del Renacimiento, quien con la música de figulinas cantó viendo pasar la vida como un tiovivo y lloró con la dulce Ofelia y los cuentos de hadas modernistas, peleó con las pesadillas de un genio de Baltimore y jamás llegó a escandalizarse cuando comprobó que las sombras de Nueva York eran tan surrealistas como las hélices de aeroplanos construidos en la ya entonces Vieja Europa, quien disfrutó las noches estrelladas en poemas de amor silbados en Isla Negra y se crió, en definitiva, entre páginas y esas pequeñas arañas a las que llamamos letras, difícilmente pueda concebir el mundo sin ese atrevimiento hacia la luz, sin esa esencia fuerte de la vida, agua fuerte, agua que quema, resplandor sobre la hoguera, el temido arte de la literatura, para quien crea que vivir un mundo mejor tienta a la conciencia de los seres humanos trajinando su existencia gris en una realidad incompleta, mocha, carente del color que, como en una buena fotografía, nos devuelve el arte para que soñemos un mundo mejor.