Vivimos en una cultura, civilización o catarsis de principios y valores en la que, siempre que queremos o necesitamos reorganizar los recursos disponibles, alternar principios o elaborar disculpas, nos vemos en la obligación “sine quanun” de idear, proponer, aprobar y realizar una serie de protocolos conmemorativos; vamos, que como el que dice, disfrutamos como nadie en el paroxismo de la vulgaridad, en el limbo de los despropósitos y en la desgana de la sinrazón. Hastea nadamos en las mil ciénagas del averno. Como si fuese poco “rizar el rizo” y debiéramos cardarlo, centrifugarlo y delinearlo nuevamente, en un ciclo sin fin. Y con todo; a veces, me pregunto si no nos quedamos, con tanta elaboración de elaboraciones, en el envoltorio del caramelo; en el juego de las vanidades; en el despilfarro de neuronas, del que las tenga, que a mi ya no me quedan, como si lo importante fuese el acto y no el corpus que representa. El itínere y no la labor.
¡¡ Jo, pero que buenos somos...realizando eventos, charlas, concursos...!!. dirán unos. Aunque también puede aparecer el niño, que todos debemos llevar dentro y al que nunca acallaremos, que a modo aquel infante que, como Hans Christian Andersen contaba en la “Parábola del Rey desnudo”, espantado vio a su monarca, “en bolas”, no con el maravilloso traje que le había diseñado y cosido el sastre “del cuento” que tanto de los mismo se gastaba, y que los demás súbditos adoraban; y de tal guisa blasfemar censuradamente: “Pero que buenos ni tres cuartos; sois una banda de chorizos a los que solo os importa la foto en el periódico de turno. Para que se vea que tenéis la sala “a tope”; que si no, no cobráis”. Ja, ja, como diría Nelson el “macarrilla”amigo de Bart, el de los Simpson's.
La sociedad mira tanto a las formas que, algunas veces, te acercas a algún acto, público o privado, y no sabes que narices venden. O en el mejor de los casos te enteras en los títulos de crédito, como en las malas “pelis” de saldo. El fondo de las cuestiones, el verdadero alma en salazón queda cegado por un tupido, y estúpido, velo. Y a veces, a nadie le importa.
Enumerar casos sería escabroso, escandaloso y barriobajero, por mi parte; y tampoco merece la pena poner sustantivos. Pero todos sabemos que, para los elegidos, la cuestión es amontonar, casi hacinar, “paisan@s”en un salón de actos, mostrar banderas, logos, canciones y mensajes zafios y vacíos. Y no me refiero a los profesionales del protocolo que los organizan; ellos tan solo son unos pagados, me refiero a los “padres de la criatura”. A cuantos asesinan, día si y día también, al “Pepito Grillo” de la conciencia colectiva en tantos envites como mordazas, que a modo de estacas, se clavan en las creencias y verdades eternas. Aquéllas que se transmiten como el código genético, desde la “Eva mitocondrial”, allá por los albores la humanidad y que mientras algún fósil ancestral no diga lo contrario, se remontan y evolucionan por adaptación de las especies, no por el creacionismo que fundamentan las religiones. Por ello aquellos principios no suelen estar relacionados con la religión, sus mitos y ritos más que como materias comunes de análisis para una ciencia que las compara con el fin de conocer la propia evolución social humana. Por que las verdades a las que me refiero, rompen el paradigma del antropocentrismo, que rige las creencias religiosas, transfundiendo a la globalidad y equilibrio de las especies.
Cantas intromisiones en campos que no nos pertenecen. Contra natura, me atrevería a sentenciar por la erótica de la prepotencia. Por que no nos engañemos más; bastante lo estamos ya por la erosión que nos ha infringido el curso de la historia. En no pocas ocasiones los agentes sociales del tercer estado, que incluye a las asociaciones y grupos sociales, viven de la “pasta”. Por ello los compromisos se permutan, sin reciprocidad alguna, como cuando los pioneros, en la frontera de las Rocosas engañaban a los indos dándoles espejos y sombreros de dudoso origen, a cambio de esas piedrecitas amarillas que solo les servían para adornar. Pero bueno; ese es el estigma de la sociedad desarrollada de occidente; la que propone la cultura propia a golpe de fusil, tras la muleta de la aculturación ( multitud y variedad de ellas en armonía).
Yo mientras tanto; y como siempre, al pie del obsoleto cañón, en la bocamina de estas benditas cuencas, pensando que la estampa y el envoltorio deben llevar algo suculento dentro para no ser una sola vanidad frustrada y mal entendida, os sigo proponiendo el mismo Carpe Diem; amigos. Heri.
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