sábado, 12 de diciembre de 2009

Pequeño comentario a “Muñecos de sombras”

Al tener entre las manos tu novela sentí, antes incluso de leerla, que me encontraba ante un capítulo nuevo de una obra grande y sin ambición que se está escribiendo en estos mismos momentos sin que sus autores se den cuenta casi. Y me refiero a la que algunos dimos en llamar “Terminal” y completa el ciclo vital y literario que se inició con “Germinal” a finales del siglo XIX. Y eso a pesar de que no sea una novela minera en sentido estricto sino una novela de la cuenca minera, una cata profunda e incisiva en el cuerpo social de nuestro valle desde el presente más cotidiano hacia las profundidades familiares de unos personajes reconocibles por todos nosotros y que componen el tejido social sobre el que habitamos y evolucionamos.
Asentada la narración en el presente que camina hacia un nuevo contrato social, que tan nítido resulta en su dibujo, Lauro escarba en esa materia viva y rescata los orígenes por castas de las gentes que poblamos la cuenca, de vecinos, de amigos que somos todos y todos tenemos. Apurando esa incisión para mostrar aspectos de cierta sordidez, tanto antigua como moderna, para unos personajes reales sin caer en maniqueísmos, sin doctrina aunque un cierto tufo religioso se mezcle con el industrial sin solución de continuidad.
Con el uso de varios narradores se va regulando la cercanía de las acciones, de los sucesos planteados, así como se muestran distintos paisajes para distintas épocas y lugares.
El narrador omnisciente y culto se maneja en un registro estudiadamente antiguo, barroco, preciosista pero eficaz y efectivo. Por el contrario el uso de la tercera persona ofrece un ángulo más cercano y cotidiano con un aire psicodélico de desesperanza e incredulidad.
Pienso que el relato comparte el gusto por mostrar la realidad, por el realismo con todos sus apellidos y pseudónimos (sucio, mágico, subrrealista, neo-)
A mi entender muestra capítulos con un plus de dificultad para la lectura, como el IV que no parecen aportar gran cosa a la novela frente a otros como el XIII, con las historias de Cholín y de Vicente, y el XIV conmovedores.
Tengo que reconocer que me gustó mucho el guiño al Camilo José Cela de “La Colmena” con su Dramatis Personae, que leído de seguido como si formase un todo con el resto del texto vuelve a encender a fogonazos el espíritu del relato y mantiene de ese modo vivo el rescoldo de la imaginación.

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