sábado, 30 de mayo de 2009

Lección de economía

Piensa en esto detenidamente ...
- Si en enero de 2005 tú
hubieses invertido 1.000 euros en acciones
de Nortel Networks, uno de los gigantes del sector de las
telecomunicaciones, hoy tendrías ¡59 euros!
- Si en enero de 2005 tú
hubieses invertido 1.000 euros en acciones
de Lucent Technologies, otro gigante del sector de
las telecomunicaciones, hoy tendrías ¡79 euros!
- Ahora bien: si en enero de 2005 tú
hubieses gastado 1.000 euros en
SIDRA (en la bebida, no en acciones) y te las hubieses
bebido todas y vendido solamente las botellas vacías,
¡hoy tendrías 90 euros!
- Conclusión: en el escenario económico actual,
pierdes menos dinero esperando sentado
y bebiendo sidra todo el día...
Pero es importante recordar que quien bebe, vive:
-Menos triste.
-Menos deprimido.
-Menos tenso.
-Menos peleado con la vida.
- Piensa en ello, y
*Si vas a conducir...................no bebas.
* Si vas a beber,..................... ¡llámame!
*Si no me llamas.....................por lo menos...........
¡ENVÍAME LAS BOTELLAS VACÍAS!


Fuente Grupo Trabanco

Bochorno y Asco en Madrid




Ni a Hunter S. Thompson se le hubiera ocurrido semejante videoclip.

lunes, 25 de mayo de 2009

Otra cebolla de cristal de Eduardo Langange


Ficticia Editoral
y
Difusión Cultural UNAM, Literatura
Tienen el honor de invitarlos a la presentación del libro de cuentos
Otra cebolla de cristal
de
Eduardo Langange

Comentan

Monica Lavín
Glafira Rocha
Marcial Fernández
y el autor
Martes 26 de mayo / 19:00 horas

Sala Manuel M. Ponce, Palacio de Bellas Artes



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domingo, 24 de mayo de 2009

Suite del Rebollar de Eliseo Parra

EL HOMBRE PEZ

EL HOMBRE PEZ
(Novela colectiva)

PLANTEAMIENTO
Pezpe
La agencia EFE recoge en uno de sus teletipos la noticia de la desaparición de un joven nadador pontevedrés, José Manuel Loureiro Chouzas, de veintitrés años, que tuvo lugar el nueve de agosto del año pasado en un entrenamiento del “Descenso a Nado de la Ría de Navia”: popular prueba de natación que congrega a numerosos aficionados en la localidad asturiana. Sus padres pusieron la denuncia en el cuartel de la Guardia Civil el mismo día del suceso y, presa del desasosiego y el dolor, deciden acudir a la opinión pública ya que los resultados de la investigación que efectuó el instituto armado no arrojan más que dudas. No ha aparecido ningún cadáver y hay indicios que señalan la posibilidad de que el desaparecido se encuentre con vida. Unos marineros portugueses de las Açores afirman haberse cruzado con un hombre joven que, a nado y a buen ritmo, llevaba una ruta noroeste que le acercaba a Terceira. Parecía en buen estado, aunque un poco flaco. En el encuentro se mostró huraño y un poco ido, como si no comprendiera lo que le decían los marineros. Piensan que era gallego pues farfulló algo como: carallo con ises homes, ¡bule, bule!
Desde el Instituto Oceanográfico de la Armada en San Fernando, Cádiz, un portavoz afirma que no constituye ninguna novedad la existencia de semejante fenómeno pues ya el padre Feijoo recogía la noticia del “Hombrepez de Liérganes”.
Casimiro Palacios

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CAPÍTULO I
Las tribulaciones de Abundio Loureiro

Abundio Loureiro no paraba de darle vueltas a la cuestión. Su inquietud se hacía cada vez más ostensible. Y pasaba las noches en vela retorciendo los pensamientos, rumiando sus recuerdos.
Dorsinda Chouzas, por el contrario, permanecía callada y tranquila, aun cuando en un primer momento había sido la que más nerviosa estaba. Su renovada actitud acrecentaba la desazón de su marido.
El dueño de la conservera del pueblo le había dicho a Loureiro que se tomara unos días de asueto. No acababa de concentrarse en su trabajo y parecía darle grima toda contribución a embutir sardinas en lata.
—Se las queda mirando de una forma rara, como si le diera morriña —decía.
Pero tanta inactividad le resultaba dañina, no hacía más que martirizarse intentando buscar una razón que explicara aquella situación, porque en el fondo tenía la corazonada de que no estaba muerto.
Los recuerdos de su hijo se acumulaban. Poco a poco los iba ordenando, relacionando. A mientes le llega ahora la imagen del alumbramiento: cuando regresaban en la barca sin haber pescado nada a causa del temporal. Dorsinda estaba a resguardo en la cabina, él se azacaneaba en arranchar una sirga. Un grito desgarrador, un charco de sangre... y allí estaba aquella cosa tan diminuta y deforme, el neonato que bautizó como hijo suyo, feo y maloliente, “cheiraba de carallo”.
A medida que crecía comenzó a desarrollar unas cualidades que le hacían diferente a los demás niños. Poseía unos fuertes pero cortos brazos, unos pies patagones, una piel coriácea que se tornaba suave con la humedad... Y también se acentuaba su amor materno y su indiferencia por todo lo demás.
En la escuela destacaba por su retraso, se le daba mal casi todo: torpe hasta en los andares, escasamente diestro en la escritura, siniestro en las matemáticas, inútil en el dibujo... además su voz atiplada y ridícula provocaba hilaridad, lo que hizo que enmudeciera hasta bien entrada la adolescencia. Sólo su madre parecía arrancarle algunos sonidos, pero él jamás consiguió desentrañar nada de aquellos conciliábulos.
Día a día iba haciéndose un ser soledoso y huraño. Sus compañeros ni siquiera lo frecuentaban; si bien, al principio, solían entamarla con él, por las peculiaridades del personaje, pronto optaron por ignorarlo cuando comprobaron que aquel ser tan lastimoso no era capaz ni de defenderse.
Su ostracismo llegó a ser preocupante. Algún profesor quiso denunciar la situación, pero las consecuencias fueron peores. El director del colegio acabó haciéndole una detallada exposición de hechos y motivos que dieron como resultado la exclusión necesaria, eso sí, con todo el pesar del mundo y por el bien de los demás niños. Las razones no resultaron muy convincentes pero fue el psicólogo del departamento de orientación quien dio el último empujón: distraía a los compañeros, era un mal ejemplo, no era el lugar adecuado para su educación... Con ello el aislamiento fue ainda mais grande.
Abundio salió a dar un paseo por el muelle. Era una clara noche de estío y la luna sonreía plena, contraponiéndose mordaz a su estado de ánimo. Sacó un pitillo y lo alumbró casi a la par de una honda calada. Con la suelta de humo quiso extraer nuevos recuerdos, pero fracasaba en su intento por seleccionar los menos amargos.
En un acto de contrición, intentó reconocer que no le había tratado con mucho cariño, que su deformidad y carácter invitaba un poco al desprecio; pero nunca le puso la mano encima, le trató con un mínimo de respeto, y eso ya era algo. Además lo quería, claro que lo quería, pero... ¿por qué era tan diferente?, ¿a quién se parecía?
Su madre, sin embargo, supo entenderlo desde el principio, ¡lo que son las madres!, lo adoraba, se adoraban, eran mutuo refugio ante tanta incomprensión, ante tanto desdén. Mantenían una complicidad manifiesta, se encubrían, se ayudaban.
Ella lo colmaba de caprichos, de miramientos. Se habían hecho un mundo a su medida, tenían unos hábitos muy determinados, muy singulares. Su afición al agua surgió desde muy pequeño, con meses. Era feliz en aquella antañona bañera. Su obtusión telúrica se enmendaba totalmente en los dominios de Neptuno.
Loureiro se encaramó en el espigón y lanzó una profunda mirada en lontananza. Los destellos que la luna prodigaba permitían contemplar el cabrilleo de las olas. Un último recuerdo le sobrevino produciéndole un respingo. Fue una noche cálida y nostálgica como aquella, en una solitaria playa de la costa pontevedresa, cuando a su mujer se le antojó bañarse desnuda, justo nueve meses antes del nacimiento del ahora desaparecido.
Pedro Gutiérrez

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CAPÍTULO II
La exaltación del Niño-pez

Cuando amanecía con olor de algas y bruma densa, la única ventana con luz en el pueblo era la de Abundio Loureiro. Aquella había sido una noche inexplicable. Apenas había logrado dormir. Pasó la primera y la segunda hora revolviéndose en la cama, que, aunque la tenía orientada hacia el faro de bocana, ni luz ni orientación le dio. Lo que si tuvo fueron sudores, vueltas, pinchazos y ahogos. Poco le faltó para despertar a Dorsinda, que dormía con esa ingenua dulzura de bebé grande. Algunas noches le gustaba mirarla porque le parecía que ella no dormía, como él, solo para descansar, sino que el sueño llevaba a su mujer a otro lugar distinto, extraño y hermoso. Abundio no lo entendía pero le gustaba.
La noche no fue de calma sino de niebla y marejada. Sentado en el comedor, con la ventana entreabierta, logró dar unas cabezadas mientras se dejaba mecer por el suave y repetitivo sonido de la creciente, que llegaba tranquila al pequeño puerto. A su duermevela llegaban oleadas de recuerdos sin orden ni concierto: Su padre, su tío, marineros, a los que se llevó el mar y la emigración; su madre, callada y poderosa, quieta, mirando desde esa misma ventana…
En éstas le cogió, como leve golpe, la imagen de su niño sobre la barca, recién nacido aquella noche también extraña: sí, era feo y maloliente. Este niño que ahora le quitaba el sueño y le alteraba su mundo más real y más querido: su mundo interior, el de sus pensamientos y silencios que a él tanto le decían.
Desde que dejó de navegar apenas le interesó la vida en tierra firme; ni la fábrica de conservas donde trabajaba, no la charla del bar…
Cuando se apagaron las luces del puerto y se encendieron las de las casas, Abundio salió decidido, aunque incómodo, a encontrarse don don Manuel, el alcalde. Había atravesado tormentas, días históricos, cambios de chaqueta, insultos y aún seguía allí como el regidor mayor. Protegido, exaltado y hasta casi beatificado por su partido: el P.P. (partido prehistórico).
La noche anterior se había llegado hasta el espigón, dando tumbos, don Rosendo, secretario municipal y cuñado del munícipe, con la idea de darle recado. Le faltaban unos metros imposibles para llegar hasta Abundio, cuando éste oyó su voz, ronca y ahogada, entre las barcas: ”Que don Manuel quiere verte mañana”.
Bueno, dijo Abundio, sin ni siquiera girar la cabeza, e imaginando la lucha del secretario por mantener la vertical antes de que le venciera la horizontal; lo sintió marchar intentando una dignidad impresentable, ante un público invisible.
Bueno, repitió por la mañana, al saludo suficiente y paternal del alcalde: ¿”Cómo vas, rapaz”? “Quería verte. Ven conmigo”.
Entraron en el ayuntamiento, aquel sitio rancio donde todo parecía muerto, quieto, sombrío (las ventanas solo se habían abierto al mar cuando, una noche del 52, se incendió el consistorio). Ya en su despacho don Manuel le dijo: “Lo tengo todo pensado. Hay que renovarse… No pongas esa cara, carallo. Te ha tocado la lotería, rapaciño. Todo el mundo comenta y sé que estás preocupado por lo de tu hijo: verás, siguió, como sabes yo y mi partido siempre, siempre hemos querido lo mejor para vosotros y en esta tierra nuestra, que Breogan guarde muchos años, siempre hemos sabido echarle ideas y cojones.
¿O no, Abundio?
Un parque temático, sí señor, un parque temático, repitió exaltado don Manuel. Y más tranquilo: “Mira neniño, que se jode la pesca, que se jode el mar por cuatro gotas de combustible derramado, de mierda petrolera, pues a plantarle cara conmigo a la cabeza: un parque temático, que atraiga turismo y se anuncie por televisión (fíjate bien, por televisión). Un parque temático, y ya iban tres, con estanque marino y aquí viene lo importante con tu hijo de atracción principal.
Te ha tocado la lotería, Abundio, repitió don Manuel mirándolo fijamente. Mis desvelos por el pueblo son constantes, ya lo sabes. Y hay más: he decidido —fastidiosa aprobación por medio— que si todo va bien el niño-pez, nuestro niño pez, sea incluido en el escudo y la bandera de este pueblo. Tu hijo será el logotipo, un bien social y el logotipo. Bueno, carallo, ya te explicaré que es un logotipo, le dijo mientras lo empujaba fuera del despacho.
Mientras salía a la plaza y se dirigía a la taberna Abundio era un mar revuelto y bien revuelto. Trataba de entender lo que le estaba pasando. De primeras, pensó, aquello ni lo entendía ni le gustaba, o no le gustaba porque no lo entendía. ¿Quien sabía?
Llegado el tercer vaso fue cuando Santiago, el de Juan, su amigo, se le acercó y le pasó un papel. “De parte del patrón, le dijo en un susurro”. Abundio salió de la taberna, cruzó la plaza, puso rumbo al espigón y, una vez allí, leyó:
Abundio, hay que renovarse. Te ha tocado la lotería, Abundio. Tú que no tuviste nada ahora tienes un tesoro: un hijo-pez. Te necesitamos y a tu hijo más. Sabes que somos como una familia que solo quisimos el bien del pueblo, porque a ver: ¿quién se ha preocupado aquí por la economía y el bienestar?, ¿quién ha traído al pueblo dinero, tabaco, pazos de mármol, planeadoras… y ha llevado a nuestro equipo a regional preferente?
Tenemos que hablar de tu hijo, educación y entrenamiento y menudo fichaje. A la ría y con nosotros.
Abundio, Abundio… Abundancia. ¿O no?
Hablaremos y beberemos unos vasos.
Aquello era demasiado para un día, pero no lo último. Cuando abrió la puerta de su casa la sorpresa fue mayúscula…
Pepe Parejo

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CAPITULO III
La irrupción de las cámaras

El comedor estaba lleno de gente desconocida. Por todos los lados había cables, micrófonos, cámaras de televisión, y en el medio, de pie, con su ropa negra y el mandil de percal, Dorsinda sonreía como boba mirando para una mujer de más de media edad, ajada, gruesa y rubia, con un amplio vestido color fucsia que, con un micrófono muy grande que parecía una esponja al lado de su boca, preguntaba:
—Pero díganos, Dorsinda: ¿qué siente una madre cuando la avisan de que su hijo-pez ha desaparecido?
—¡Teresa, corta, que tiene que entrar publicidad! ¿O es que no oyes? —interrumpió un tipo con vaqueros y una camiseta blanca con una gran lengua roja impresa en la espalda bajo la que se leía: "—Eu quero façelo com voçé".
—¡Es que no me funciona el pinganillo, joder, que te lo llevo diciendo desde que empezamos, Miki!
En el umbral de la puerta, Abundio miraba para todos los lados sin dar crédito. Un montón de gente se había metido en su casa, la habían ocupado, sin decirle nada, sin preguntar, y se movían por allí como si la vivienda fuese de ellos, hablando a la vez, moviendo los pocos muebles de su sitio y gastando toda la luz del mundo, a juzgar por la potencia de los focos. Intentó acercarse a Dorsinda; pero un hombre con ropa marrón, de veintitantos años, alto y con una barriga inmensa tapándole el cinturón, del que colgaban un tolete también marrón y unas esposas cromadas, y que llevaba una gran insignia azul sujeta a la manga, en la que se leía "Segurisa", lo agarró con fuerza por el brazo de la que le largaba que allí no se podía pasar, que iban a entrar en antena.
Abundio, sin atreverse a decir nada, quedo al lado de la puerta, molesto, acobardado y curioso ante el espectáculo de locos en el que parecía que mandaban todos, en el que había que hacer las cosas con la misma prisa que si se fuese a acabar el mundo.
—¡Elena, refuérzale las ojeras a la vieja, corazón; hay que meter más caña a las histéricas seguidoras de Teresa, amor! —gritó con voz afeminada un tipo vestido de negro que llevaba un collar dorado y gafas de espejo sobre el pelo. Después vio cómo sentaban a Dorsinda en una esquina y una mujer alrededor de los treinta, ágil, sonriente, guapísima, de melena castaña muy fina, con un pantalón negro que le sentaba muy bien y camiseta blanca ajustada con cuello de marinero que permitía ver el nacimiento de unos hombros hermosos, el tirante marrón del sostén, y una gargantilla de la que colgaba un pequeño adorno azul (tras decir: "¡Venga, va"), comenzó a empolvarle con rapidez la cara con un algodón que manchaba en una caja parecida a las del betún de los zapatos.
—¡Y a mí quién me quita las sombras, vamos a ver! —dijo en tono alto la Campos.
—¡Huy, sombras!; pero si tiene más bigote que Chaplin —comentó por lo bajo el mariquita del collar.
—¡Adentro, Tere!
—Queridas amigas, ¿qué tal estáis? Seguimos de nuevo esta mañana en casa de Dorsinda Chouzas, la madre de José Manuel Loureiro, el hombre-pez de Figueirido, desaparecido el nueve de agosto del pasado año mientras entrenaba para competir en el “Descenso a Nado de la Ría del Navia”, en tierras del Principado de Asturias. Amiga Dorsi, le preguntaba antes de los consejos comerciales, ya sabe que sin ellos no podrían nuestras amigas ver el programa de mayor audiencia de España, ¿qué sentimientos afloraron en su corazón cuando le comunicaron la desaparición de su hijo?
—Diome muita pena.
—Por supuesto, Dorsi. No hay nada más grande que el amor de madre. Y dígame, Dorsi —porque me permite que la llame Dorsi ¿verdad?— por el pueblo dicen que una noche usted se bañó, bueno, como cuando vino al mundo, en el mar y que nueve meses después nació José Manuel, y que eso explica que el niño fuese, eh... distinto.
—Si, eu cha sé lo que contan mais...
—Dorsinda, ahora tiene la ocasión de decir la verdad a nuestras amigas de toda España: a mujeres sencillas, buenas, como usted y como yo, que quieren saber, que tienen el derecho inalienable a conocer cómo fue, a desterrar historias oscuras, a ayudarla, Dorsi. Porque usted se lo merece. Dígame, estaba casada ¿verdad? cuando quedó embarazada ¿no?
—Sí.
—Dorsi, una mujer sabe cuando va a ser madre. Lo llevamos en el alma. ¿Fue después de estar con su marido cuando sintió que comenzaba el milagro de la maternidad?
—Eu non sé ben qué sento después de tar con Abundio...
—Amigas, aquí tienen la prueba de la pureza maravillosa de una mujer llana de pueblo, de un pueblo tan bonito como Figueirido ¿Figueirido, se dice así, no?, sin dobleces, que una noche mágica se unió con el océano y nueve meses más tarde le nació un niño diferente, al que quiso con la misma fuerza que si fuese como los demás. Un ejemplo para todas nosotras, una gran mujer.
En aquel momento alguien apartó a Abundio y entró en el comedor un guardia civil, al que el tipo de la camiseta brasilera le indicó se sentase en una de las sillas vacías que esperaban al lado de la presentadora del programa.
—Amigas mías, para ampliar en lo posible la información sobre este caso tenemos con nosotras a... (la Sra. Campos rebuscó entre unas notas) a don Remigio Carballido Novoa, del Benemérito, del gran Cuerpo de La Guardia Civil Española, que dirigió las primeras pesquisas sobre la desaparición de José Manuel. Muchas gracias por estar aquí, don Remigio. Usted estaba destinado en el pueblecito asturiano de Vegadeo, próximo al lugar de los hechos ¿no?
El guardia, con galón de cabo primero y la guerrera adornada con unas cuantas condecoraciones se arrellanó en la silla y, tras dejar la gorra sobre la mesa, comenzó a hablar con un fuerte acento gallego.
—Bueno, yo era Cabo-comandante accidental del puesto de Figueras, hablando más propiamente, que dista treinta kilómetros del lugar donde se celebraba el acontecimiento deportivo que aquí se trata. Pero en el parte del día ocho se recibió la orden del Jefe de Línea de Luarca de reforzar con dos números la dotación de Navia, por lo que cursé las indicaciones oportunas.
—Ya, ya, pero ¿cómo supieron de la desaparición de José Manuel?
—Bueno, inmediatamente. Verá: aunque para la parte de Asturias hay menos matute que para Galicia...
—¿Cómo?
—Sí, matute, contrabando.
—Ah.
—Pues eso, aunque no hay tanto problema, yo indiqué a la fuerza que tomasen ciertas medidas por si acaso... mis hombres tenían que contar con detalle y tomar nota del numero de nadadores de salida en el entrenamiento y después de los de llegada, y si había alguno más, pues pasaba algo raro ¿comprende, señorita?. En fin, las medidas precautorias habituales...
—Claro, claro. Son ustedes unos profesionales, y gracias a ello España es un país en paz, envidiado por el mundo entero.
—Bueno, sí. El caso es que a las catorce horas —no le digo los minutos porque son secreto del sumario—, por emisora me indicaron que no había ningún nadador de más; pero, en cambio, uno de menos. Y teniendo en cuenta el extraño suceso acaecido la noche anterior en la lancha que cruza de Ribadeo a Castropol, dedujimos rápidamente que el nadador que no había llegado, había desaparecido.
—¿Y qué sucedió aquella noche en la lancha de Castropol, mi comandante?
—Algo terrible, señorita.
Carlos Fernández

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CAPÍTULO IV
Maruxa Soliño, la de Filomena

…Pero eso es mejor que lo cuente Maruxa Soliño, la de Filomena —indicó el del tricornio.
—¡Eso que lo cuente San Dios! —estalló por fin Abundio echándolos a todos de casa.
La aludida bajó la cabeza humillada y salió con los demás a la calle; le habían chafado su momento estelar y esa escena le pertenecía absolutamente a ella, porque a fin de cuentas era la última que había visto a Loliño después de los hechos.
Abundio, por otras razones, comenzaba a perder el control de sí mismo. Quería que José Manuel apareciese, claro está; porque ver a Dorsinda sufrir de aquella manera le partía el alma. Por otro lado, la oferta del alcalde era golosa y no perjudicaba a nadie; pero la “tele” por Cristo Bendito ¡No! Aquella bruja fondona era capaz de sacárselo todo a Dorsinda.
Protagonista de sí misma, Maruxa siempre había tenido querencia a la mar, ¿cómo no? Su madre era remendona de redes y su padre podía ser cualquier cosa, pero de la marinería o del gremio, porque Filo no lo “daba” así como así a cualquiera. Pues bien: ahí tenemos a Las Soliño: solas, solteras y bravas como la mar; por eso Maruxa se enfrentaba cada día a las olas: era percebeira.
De la abuela, Soledad Soliño, se hablaba poco en casa; lo imprescindible por parte de Filo que pocas veces la llamaba madre; más bien se refería a ella con secos pronombres, indicando a Maruxa:
—Hay que ir a ver a “aquella” por si necesita algo. O “Esa” no pasa la ría aunque la maten.
Maruxa en cambio veneraba a su abuela. Sabía pocas verdades de ella, salvo que había sido lencera de las que llevaban el fardo en la cabeza y zuecos de madera. Que se ampollaba los pies en el verano y en el invierno pillaba las grandes tiritonas para vender cuatro sábanas. El resto de su vida era una leyenda; una confusión de hechos y mentiras que hacían el deleite de Maruxa. Cuando era pequeña la fascinaba aquella historia del rapaciñu mortu que rondaba todas las noches la casa de sus padres, en forma de un conejo blanco. Cuando fue adolescente, el cuento del Home-Peixe la encandilaba y, como Soledad nunca hablase de marido alguno, también Maruxa sintió la necesidad de fabricarse un abuelo al que invistió de capitán de La Marina Mercante.
En estas ensoñaciones venía Maruxa una tarde de domingo, después de visitar a su abuela en Castropol. Tomó la lancha de última hora atestada de gente que regresaba a Ribadeo. Aunque atardecía, el calor era sofocante. Maruxa acodada en la parte de popa entrecerraba los ojos disfrutando de los colores plateados de una mar en calma. Entonces lo vio; no podía ser un sueño. Era Loliño que seguía la barca con la agilidad de un pez. Se quedó sin saliva en la boca y a punto estuvo de no articular palabra. Intentó hablar por dos veces y al fin pudo gritar.
—¡Mirad, es Loliño! ¡Loliño!
La gente la miró atónita y después fijó la vista donde ella señalaba con el dedo. Pensaron que había perdido el oremus y que el calor la había trastornado. ¡No podía ser real! Pero era posible. Algunos que no vieron nada trataron de mofarse de ella. Otros, en cambio, no salían de su asombro. Un pez gigantesco seguía la lancha con los saltos acompasados de un delfín sin serlo; porque un penacho de largas espinas se le encrespaban en la cabeza, de la que salían a su vez unas astas de carnero. Los ojos casi juntos muy cerca de la testuz, recordaban a un lenguado descomunal, pero el brillo nacarado de las escamas irisadas desbarataban el concepto de lenguado. En poco tiempo la barca se había convertido en la pequeña Babel: todo era confuso. Ocasión que aprovechó el home-peixe para refugiarse en lo más profundo de las aguas. La inmensa fauna del océano se olvidaba de él; como lo hiciera primero la fauna humana a la que pertenecían Dorsinda y Abundio, el alcalde, el cabo Carballido… y Maruxa. ¡Ay si no fuera por Maruxa y por Dorsinda, su madre! ¡Cómo las quería! Por las dos dejaba la costa de Ribadeo para adentrarse en aguas más profundas y por las dos volvía una y otra vez cuando la pleamar lo permitía. A su padre, al alcalde y a Carballido que les dieran “cuerda”. Los tres querían sacar tajada de su desaparición. En cambio, Dorsinda sufría por él y eso mitigaba su dolor de pez.
Por Maruxa renunció a estar en casa de su madre; la percebeira vivía en la mar y en la mar quería estar él. Desde las profundidades velaba su arriesgado oficio en el acantilado. Era admirable y bravía; atada con una cuerda a la cintura desafiaba al mar y engañaba a las olas para arrancar los percebes a las piedras. Aquel remolino de espuma rompiente se confundía con la mata de pelo moreno de la percebeira.
Los mariscadores que la suspendían de la cuerda, no podían apreciar la magia de la escena; sólo el Home-peixe tenía ese privilegio.
Blanca González
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CAPÍTULO V
El detective Camporro

—Verá, yo... Tengo un caso para usted.
—¿De veras? —al otro lado de la línea la voz masculina se suavizó—. ¿Por qué no nos vemos en persona? —sugirió el hombre con cierta ansiedad.
—No, no —se apresuró a decir Maruxa Soliño—. Non podo, no puede ser.
—Pero, ¿por qué? —insistió él—. Le aseguro que tiene garantizada toda la discreción del mundo.
—No, no. Mire, lo haremos todo por teléfono —insistió Maruxa con una voz que resbalaba—. Yo le cuento toda la historia y usted me da un número de cuenta. Le ingresaré la cantidad que me diga para que pueda empezar a trabajar y si logra resolver este caso, cuando todo acabe le daré tres veces más. Pero no puede decirle nunca a nadie que yo le contraté y, si se cruza conmigo, finja que no conoce de nada.
—Está bien, está bien. No hay problema —le aseguró él—. Cuénteme.
—Verá necesito que encuentre a alguien...
—¿A quién? ¿A un familiar? ¿Tal vez a su marido?
—No, no, no estoy casada. Se trata de alguien a quien aprecio y que desapareció repentinamente —explicó Maruxa hablando despacio. Después, casi en un susurro dijo: —se trata de José Manuel Loureiro Chouzas, a quien algunos llaman el hombre-pez. ¿Le suena?
Ismael Camporro Aramendi, de padre asturiano y madre vasca, había ido a parar a Galicia, como él decía, por cosas de la vida. Después de una buena ristra de años ejerciendo en Oviedo como detective, los casos puestos en sus manos no habían tenido apenas repercusión. Habían sido trabajos sin demasiada estatura, como vigilar por encargo de Hunosa a tres o cuatro prejubilados bajo sospecha de “chollear”, vamos, de vivir como Dios a costa de la empresa minera al tiempo que obtenían ingresos extra haciendo por ahí pequeños arreglos y chapuzas.
Sin embargo, cuando Camporro Aramendi se encontró con un caso de verdad, de aquellos que constituyen una oportunidad única para lucirse, simplemente la había cagado. Una sobrina del Alcalde se había marchado de casa sin decir nada a nadie y le pidieron que la encontrara costase lo que costase. Para lograrlo, revolvió Roma con Santiago, pero todo fue inútil. La sobrina apareció año y medio más tarde por su propio pie: se había casado con un marroquí y estaba embarazada de gemelos.
Desde ese momento, Ismael Camporro pasó a encabezar todas las listas negras del Principado. Su agenda, bastante floja de ordinario, pasó a estar tan vacía como la sala de espera de su despacho, y se pasaba las horas con el trasero hundido en el sillón de cuero de la oficina, mordiéndose las uñas o mandando correos electrónicos a amigos que no veía desde la Universidad. A todos les decía lo mismo: que Asturias se le empezaba a quedar pequeña y que ya pensaba en trasladarse a otro lugar que ofreciera más posibilidades. Así, acabó en Lugo como pudo haber terminado en Murcia, sólo que Galicia estaba bastante más cerca y si en algún momento le sacudía la nostalgia, en unas cuantas horas se plantaba delante de la Catedral de Oviedo.
Para pagar el primer mes de alquiler tuvo que pedirle algo de dinero prestado a su madre, que vivía en Portugalete y que hacía años que no le hablaba. Las relaciones con Nerea Aramendi, una vasca cerrada y testaruda, eran inexistentes desde que ella decidió separarse de su ya difunto marido, e Ismael, que por entonces tenía dieciséis años, optó por irse a Asturias con su padre. Desde aquel momento aquella mujer hizo como que no tenía hijo y él, la verdad, empezó a vivir como si no tuviera madre.
Por eso le resultó francamente penoso tener que arrojarse veinte años más tarde a los pies maternos para pedirle dinero, pero es que no había otra alternativa. O se humillaba ante su madre o lo hacía ante los amigos y, al fin y al cabo, su madre era su madre.
Como aún así se sentía incapaz de hablarle directamente a la mujer que le había traído al mundo, todo lo tramitó a través de su abogado. Nerea Aramendi, al final, accedió a ingresarle algo de dinero en su cuenta y veinticuatro horas más tarde el detective recibió de su madre un telegrama elocuente: “Nunca más”.
En Galicia, Ismael Camporro llevaba ya tres meses con la oficina abierta y abundante publicidad cada domingo en la prensa local. Sin embargo, todo estaba resultando mucho más complicado de lo que imaginaba, hasta que aquella mañana plana e incolora sonó el teléfono y al otro lado de la línea Maruxa Soliño le pidió que encontrara al hombre-pez.
El caso le sonaba porque algo había leído en los periódicos, pero aquella historia le parecía lejana, como de otro mundo. Por eso, cuando la señorita Soliño le confesó que a quien quería encontrar era al hombre-pez, no supo bien cómo reaccionar. Primero barajó decirle que estaba abrumado de trabajo y que no podía atender ningún caso más. Incluso se le pasó por la cabeza recomendarle que contratara a un equipo de buzos, que seguro que le serían más útiles. Sin embargo, de pronto se imaginó a sí mismo interviniendo en las tertulias radiofónicas, contándole a todo el mundo cómo había logrado encontrar al hombre-pez. O tal vez, coprotagonizando junto con José Manuel Loureiro uno de aquellos fantásticos documentales de National Geographic.
Toda su reputación perdida en Asturias volvería con el hombre-pez y, además, aquella mujer enamorada, porque sin duda Maruxa Soliño estaba enamorada, le pagaría lo que fuera por recuperar a José Manuel.
Decidida ya la conveniencia de aceptar aquel caso, introdujo en un disquete de ordenador todos los datos que la prensa había publicado sobre el hombre-pez y a esa información sumó la proporcionada por Maruxa Soliño. Después, hizo la maleta y en tres cuartos de hora se plantó en el pequeño pueblo donde residía la familia Loureiro.
Ismael Camporro masticaba ya varías hipótesis sobre lo que había podido ocurrir con el hombre-pez. En primer lugar, podía ser, todavía no era descartable del todo, que aquel extraño ser la hubiera palmado en alta mar. Pero, claro, a la señorita Soliño le daba el corazón que José Manuel Loureiro estaba vivo y había que tener en cuenta el instinto de una mujer enamorada.
Así pues, tomaba como punto de partida que aquel híbrido de hombre y pez estaba vivito y coleando. La siguiente pregunta era, lógicamente, dónde estaba. ¿Realmente vivía en el mar? ¿En el fondo marino? ¿En una cueva? ¿Y cómo sobrevivía? ¿Comiendo percebes y bebiendo agua de lluvia? Demasiado penoso. ¿Y si en realidad José Manuel Loureiro estaba en tierra firme? ¿Y si vivía entre los seres humanos? Quizás estaba oculto, observándolos a todos desde la sombra, ¿tal vez esperando el momento de su venganza?
Había otra cuestión que le preocupaba. ¿Realmente su familia nada sabía de él? Maruxa Soliño le había hablado muy bien de la madre, Dorsinda Chouzas, y estaba deseando conocerla. Abundio Loureiro, por el contrario, le daba mala espina. Pero todo eran conjeturas. Tenía que conocerlos personalmente, entrar en sus vidas, y para ello tenía la coartada perfecta: se presentaría en su casa con una identidad falsa; su nombre, a partir de ahora, sería Álvaro Heredia, entrenador de natación. Aseguraría haber conocido a José Manuel, a quien incluso estuvo a punto de entrenar. Eso le abriría las puertas de la casa de los Loureiro.
Se registró en el único hotel del pueblo con su nuevo nombre y tras deshacer el equipaje, se dirigió al hogar de Dorsinda y Abundio.
El cielo estaba gris y hacía calor de tormenta.
En el camino leyó una especie de bando del Alcalde donde se ofrecía una recompensa a quien aportara noticias fiables sobre el paradero del hombre-pez.
Desde un punto elevado del pueblo, alguien le observaba con unos prismáticos.
Clelia Antuña

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CAPÍTULO VI
Llega la caballería

—Rapaz, no te bajes del coche, nos vamos a Gijón. Ya llevo los vales de gasolina, las reservas del hotel y las dietas.
—Señor comisario, ¿se puede saber, a qué?
—Ahora te lo cuento, pero no te embobes y arranca ya. Coge la M-30 dirección norte a la N-VI, pasa de los atascos que ya instalo yo el rotativo y dale pastilla que tenemos que estar a la hora de comer allí y pienso comerme un centollo en La Zamorana.
—¿Tenemos dietas para centollos?
—Esta vez sí, rapaz.
—Entonces, no me diga más, tengo claro que se trata de algo importante.
—¡Y que lo digas! , aquí en la Dirección General estaban todos los jerifaltes a las siete cómo histéricas al teléfono, nunca había visto tanta actividad en esa panda de mangantes.
—¿Me puede ir adelantando algo?
—Claro que sí rapaz, pero en el fondo es el mismo rollo de siempre: llega un asunto que le interesa resolver inmediatamente al ministerio, porque en algún sitio la opinión pública se le echa encima al político de turno y ¿qué hacen ?: ¡que vayan López y su ayudante! Y, tú y yo, cómo dos idiotas, tenemos que dejar todo el trabajo encima de la mesa y rumbo a casa Cristo, les da igual que estemos a punto de descubrir al asesino de la baraja o que tengamos en cartera al asesino del ascensor, les importa un carajo. Y ahí tienes a Gómez, a Martínez y al mismísimo Gutiérrez que no mueven su culo del asiento y cuando preguntas por qué no les mandan a ellos, siempre la misma respuesta: ¡esos son unos inútiles, no descubrirían ni quién mató a Julio Cesar! Y cómo son unos inútiles, pues no hacen nada, y vuelta a empezar: ¡Que vayan López y su ayudante! Y aquí estamos, a ciento ochenta por hora, con trafico intenso, jugándonos el pellejo, porque los señores Gómez, Martínez y Gutiérrez son unos inútiles.
—Pero comisario, todo el mundo en la brigada de homicidios sabe que usted es el mejor.
—Sí, sí, el mejor, y el más gordo, y el más calvo, y el más viejo, y el que más come, y el que más bebe, y el que más fuma y el que menos jode. Ya sé que es público, ya lo sé, sólo falta que lo pongan en la primera edición del telediario para que también se entere mi ex y, así, además de soplarme la mitad de la paga, se tronche de risa.
—Ahora que habla de su ex, señor comisario, si a usted no le importa en la primera parada llamo a casa, por lo menos para que mi señora se quede tranquila y sepa donde estoy.
—Sin problemas rapaz, llámala, que no te ocurra cómo a mí y un día llegues a casa y te encuentres una atenta nota que diga que está de ti hasta las tetas.
—A propósito Comisario, el asunto este, ¿de qué va? ¡Ah !, sí. Al parecer han asesinado al niño—pez.
—¿A quién?
—Al niño-pez, rapaz, al niño-pez, toda una comedia: el presidente de la Xunta llamó al ministro, el ministro al director general y cómo siempre: ¡que vayan López y su ayudante!
—¿Pero qué o quién era ese niño-pez?
—Una mutación, rapaz, un aborto de la naturaleza, ¿No nacen niños con dos cabezas o siameses? Pues éste nació con estampa de pez.
—Parece imposible, ¿eh, comisario?
—Que va, rapaz, ¿Quién te dice a ti que el homo sapiens es el último escalón de la cadena evolutiva? Acaso, ¿la especie humana no puede evolucionar más o involucionar? Aunque al paso que vamos nuestro sucesor será el ciborg, mitad humanos mitad máquinas, ya llevamos todos o placas de metal en el cerebro, o dientes postizos, o marcapasos, o fémur de platino, o implantes de silicona, ¿y sabes qué es lo más triste?
—No, no tengo ni idea.
—Pues que nuestras generaciones venideras nacerán en laboratorios y morirán en crematorios.
—Está usted inspirado hoy, comisario, cómo se nota que le fue bien ayer con la Lola.
—Calla, calla, no me lo recuerdes. Cuando salí del último pub con ella iba borracho, tenía la sensación de tener los pies redondos y al final "na" de "na": un polvo garbancero, para cubrir el expediente y por la mañana no pude rematar la faena porque me llamaron a las seis con este asunto del niño-pez, un desastre.
—Sí que es raro todo esto del niño-pez.
—¿Raro?, ¡qué va, rapaz!, raro es lo de Bush o Aznar, esto es un capricho de la naturaleza.
—Por favor, comisario, no gesticule tanto que me impide conducir bien.
—Déjate de monsergas rapaz, ¿qué crees, que soy cómo tú? Que eres menos expresivo que el monstruo de Frankenstein, yo no sé hablar de otra manera.
—De acuerdo, comisario, de acuerdo. ¿Y qué sabemos del tema?
—En esta cinta de cassette lo tengo todo, la mandaron por valija los "picos ", en ella grabaron el informe.
—¿Y por qué mandan por valija el informe grabado? ¿No pueden llamar por teléfono?
—Los "picos " son así, tienen que dejar constancia de todo lo que hacen, dicen o remiten, todo muy ordenado, disciplinado y militar, ¡son la bomba! Mira, para que veas, cualquiera de nosotros ha soñado, alguna vez, con ser cualquier otra cosa menos policía, pero ellos, no, ellos siempre soñaron con ser “picos", desde la cuna. A ver rapaz, ¿a ti qué te hubiese gustado ser?
—Yo siempre soñé con ser policía.
—Eres la hostia rapaz, eres peor que ellos.
—Comisario, a mí siempre me gustó esto de descubrir la verdad.
—¡La verdad!, ¡la verdad! También los científicos, los periodistas, los filósofos buscan la verdad aunque nunca la encuentren. Además, qué verdad, si vivimos en un mundo que los poderosos la fabrican a todas horas y a su gusto. ¡La verdad!, ¡la verdad!, ¡valiente patraña! Fíjate, rapaz, cuando mataron al comandante Alois Estermann, de la guardia suiza, nadie investigó su muerte. El Vaticano fabricó la verdad y dijo que era por celos y se acabó todo.
—Y usted comisario, ¿qué le hubiese gustado ser?
—¿A mí? A mí, me hubiese gustado ser, cura.
—¿Cura?
—Sí, sí, cura, de esos que tiene el Vaticano en Roma, que los dedican a investigar los milagros de beatos y fantoches.
—¿Y por qué?
—Me encantaría desmantelarles todos los milagros, rapaz, descubrir sus causas y así, la fe la metería en el retrete.
—Eso, es otra forma de buscar la verdad, comisario.
—Mira rapaz, déjate de rollos y vamos a escuchar la cinta que enviaron los "picos ". A ver... Cara A... aquí... no... así no, la estaba metiendo mal, ahora sí, a ver qué dicen. Cuando yo te mande le das al mando ese que tienes en el volante y paras la cinta, para que yo pueda tomar notas, y ahora, silencio y atento a todo, ¿de acuerdo rapaz?
—De acuerdo, comisario.

Informe grabado n° 45/03 del grupo de policía judicial de la guardia civil con destino a la brigada de homicidios de la Dirección General de Policía:
El día 28 de mayo del año dos mil tres a las 6 horas 32 minutos la patrulla de vigilancia marítima cuya misión principal es prevenir la entrada por la costa Cantábrica de balseros y pateras que huyen del régimen de Toni Blair, observa la presencia de un cuerpo sin movimiento en la playa del Arbeyal en Gijón. Dadas las características de dicho cuerpo se sospecha sea el de D. José Manuel Loureiro Chouzas, desaparecido el nueve de agosto del año pasado y presentada denuncia de desaparición por sus progenitores, don Abundio y doña Dorsinda, como marca la ley, cuarenta y ocho horas más tarde ante el Destacamento de la guardia civil más próximo. Dadas las sospechas de que se tratase de la misma persona se avisa a los padres que se personan en el depósito de cadáveres de Cabueñes, sito en Gijón, a las 14 h. del mismo día y certifican que aquel cuerpo sin vida corresponde a su hijo.
El juez siendo las 7h y 12 min. ordenó el levantamiento del cadáver y siendo las 14h y 10 min. el señor forense procedió a la realización de la pertinente autopsia, con el resultado que se indica en informe que obra en poder de su señoría del cual destacaremos los puntos siguientes relevantes para la investigación: primero, las pruebas confirman que se trata del cuerpo de D. José Manuel Loureiro; segundo, su muerte se produjo por estrangulamiento, lo que descarta el accidente y el suicidio; tercero, aparentemente la muerte no se produjo en el mar pues sus pulmones no contenían agua; cuarto, la muerte se produjo aproximadamente a finales de diciembre; quinto, no hay signos de resistencia por su parte; sexto y último, la prueba de ADN determina que es hijo de Dña. Dorsinda, pero no de D. Abundio.

—Ficha de D. José Manuel Loureiro Chouzas:
Veinte tres años de edad, un metro sesenta de estatura, sesenta kilos de peso, sin antecedentes penales, sin estudios conocidos, aficiones conocidas, la natación. Según informes médicos que obran en nuestro poder, lento de movimientos y reflejos y con un enorme complejo de Edipo según informe del psicólogo del centro educativo donde estuvo.

—Ficha de su padre D. Abundio:
Cuarenta y seis años, sin antecedentes penales, sólo se le conoce una afición exagerada a coleccionar gusanos, trabajador de la conservera. De su interrogatorio hemos detectado que estaba harto de que su vida se hubiese convertido en un calvario por culpa de un hijo que no era ni suyo.

—Ficha de su madre Dña. Dorsinda:
Cuarenta y seis años, sin antecedentes penales, aunque se le conocen asuntos de una inquietante zoofilia aún sin confirmar, ama de casa, sin estudios, al parecer mantuvo relaciones extra—conyugales con un gaitero de Asturias cuyo nombre no ha trascendido. Aparece como sospechosa en el caso, pues del interrogatorio se desprende que el niño conocía a su padre y había amenazado con desvelarlo.
Al matrimonio no se le conocían discusiones, ni malas, ni buenas, simplemente no tenían, algún vecino comentó que la única fue en una ocasión, cuando ella enfadada le dijo: Abundio, eres como una nevera con patas y que él respondió: Dorsinda, la nevera la tienes tú, entre las patas, pero nada más se conoce del asunto.

—Personas relacionadas de una forma u otra con el fallecido cabe destacar a:
Dña. Maruxa Soliño, con antecedentes penales, hace años por pederastia, persona muy lunática que se inventó un abuelo capitán de la marina mercante, además asegura oír voces, habla con los percebes y ve hombres—peces donde no los hay. A veces, se queda paralizada mirando para alguien como si estuviese en esa borrachera permanente que tienen los espíritus ultrasensibles o los boxeadores tocados. Al parecer iba detrás del fallecido, según la bibliotecaria, desde el día que leyó en un libro que todos los taraos gastan un gran miembro, hasta se interesó en su desaparición y encargó las pesquisas al detective con n° de licencia caducada 666, D. Ismael Camporro Aramendi...

—Para el casete, rapaz, que esto tengo que anotarlo, así que está por ahí el señor Camporro, nos lo vamos a pasar en grande con él, ya verás.
—¿Quién es ese detective Ismael Camporro?
—Es un detective que se cree Phillip Marlowe y no es más que Paco Porras en un dos caballos, siempre está lamentándose de su suerte, un petardo de tío, además, siempre va borracho, un día se va a matar con ese coche, y el problema no es que se mate él, el problema es que mate a alguien o a su mujer. ¡Joder!, su mujer, ¡vaya hembra!, qué cuerpo, rapaz. ¡Qué cuerpo!, aquello era morbo en estado puro, sin categorías semánticas.
—Y, ¿también tenía cerebro, comisario?
—¿Cerebro? Pero si no podía hacer dos cosas a la vez, o pensaba, o mascaba chicle, pero todo a la vez, no. Pero ¿para qué lo necesitaba?, esas tías tienen suerte, en cualquier momento se lían con otro y ya está. Siempre la recuerdo bebiendo leche, ¡mucho le gustaba!, sobre todo la condensada. Él siempre vino, parecían lo blanco y lo rojo. Pero dejemos eso y sigamos escuchando. Dale al play, rapaz.

...dicho detective fue detenido por fuerzas de la guardia civil por falsedad documental y suplantación de personalidad al inscribirse en un hotel con datos falsos, los mismos correspondían a una persona reclamada por un juzgado de Murcia por delitos de sangre. En este momento está en prisión preventiva por no poder hacer frente a la fianza y no poder explicar la procedencia de esa documentación. No se le considera sospechoso del asunto que nos trae entre manos.
El cuarto sospechoso es D. Manuel Lendoiro, alcalde de su pueblo natal. Había cotejado con la familia y con el fallecido con la idea de instalar un parque temático en el pueblo, fue la base de su programa electoral y su amigo el presidente de la Xunta, el Excmo. Sr. Fraga Iribarne, le había concedido gran cantidad de subvenciones para la instalación de ese parque, pero al parecer ha sido detenido por desfalco de ese dinero, con lo que se presenta como uno de los sospechosos, pues mientras el fallecido estuviese desaparecido y como iba a ser la atracción de la feria, él tenía la excusa para tener paralizado el Parque y que no se le descubriera el desfalco.

—Comisario, yo creo que ya está, el que más motivos tiene para que el niño—­pez no apareciese es el alcalde.
—Tal vez, rapaz, ¿pero qué gana matándolo?, de momento, nada. Rapaz, pon en funcionamiento otra vez el aparato.

Y por último, el quinto sospechoso es el cabo de la guardia civil D. Remigio Carballido Novoa con destino en el puesto de Figueras, ha sido detenido recientemente por su participación en el contrabando de tabaco por el grupo GIFA de la Guardia civil, se sospecha que posiblemente el niño—pez en alguna de sus travesías conociese a los traficantes más relevantes de la zona que realizan sus intercambios mar a dentro y que también le hubiesen visto a él y necesitaran eliminar testigos, incluso públicamente manifestó que él y sus hombres fueron los últimos en verle. Además, este miembro de la benemérita ya tenía abierto un expediente por su participación junto a otros números en el asalto desmesurado a una espicha.
Fin del informe verbal, las pruebas fotográficas y declaraciones juradas así cómo las respectivas manifestaciones se encuentran en la comandancia de la Guardia Civil de Gijón.

—Ya está comisario, ¿Qué opina?
—Todavía no ha terminado, rapaz, vuelve a darle al play.

Para finalizar el Ilmo. Sr. Coronel D. Gracián Peláez Díez de Espada quiere añadir algo, adelante mi coronel.
Exmo. Sr. Director de la Policía:
Somos conocedores que por la dimensión pública del acontecimiento y por la zona urbana del hallazgo, corresponde a los miembros de la brigada de homicidios investigar el caso, pero este coronel le rogaría que no enviase al comisario López y su inefable ayudante, el inspector Morales; pues, aunque son buenos profesionales y siempre obtienen resultados, su excentricidad sólo provoca heridas en este benemérito cuerpo. Todavía pervive el recuerdo del año pasado cuando investigaban el caso de los "gusanos asesinos" que llegaron a la conclusión de que el nido—madre de todos estaba en esta comandancia y la desalojaron durante semanas, obligando a los habitantes de esta casa cuartel a dormir en tiendas de campaña. Por ello le ruego tenga a bien mi petición y acceda a lo solicitado....

—Será hijo de puta, este coronel, pues no te ha llamado excéntrico, rapaz.
—No se preocupe, comisario, es pura envidia.
—Cuando le ponga los grilletes al asesino me va a oír a mi ese “pico", le voy hacer tragar sus tres estrellas de ocho puntas.
—Un poco desconcertante todo, ¿no le parece comisario?
—¿Desconcertante?, no digas tonterías rapaz, es un caso fácil, posiblemente el más fácil de mi carrera. Y, mañana o pasado, nos vamos al entierro, los asesinos siempre acuden, es un ritual, tienen que comprobar su tarea rematada.
—¿Ya sabe quién es el asesino?
—Por supuesto rapaz, la pieza del puzzle que no cuadra está en esta grabación, lo que pasa es que los "picos", no ven mas allá de sus narices y la forma que tienen de buscar la verdad es a hostias.
—¿Pero quién le parece a usted que es?
—Piensa tú, rapaz, piensa, un cadáver, cinco sospechosos, cinco motivos, cinco oportunidades y un padre desconocido, fácil.
—No entiendo nada, comisario.
—Tú piensa, rapaz, piensa, y darás con el asesino.
—Yo no soy cómo usted comisario, a mí me cuesta ver estas cosas, no tengo su intuición.
—¿Que intuición?, tú piensa, y seguiremos siendo el infalible López y su ayudante. A propósito, rapaz, trabajamos juntos desde hace cinco años y todavía me llamas comisario, ¿porqué no me llamas por mi nombre de pila?
—Comisario, yo le llamaré por su nombre de pila, cuando usted deje de llamarme rapaz, y empiece a mostrarme un poco de respeto, llamándome López o comisario en jefe López, que creo me lo he ganado a pulso.
—¡Ah!, es eso, pues rapaz, puedes seguir llamándome comisario, no me disgusta.
Alejandro Martínez

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CAPÍTULO VII
El funeral del Home-pez
—Hermanos, estamos aquí reunidos ante el cuerpo presente de José Manuel Loureiro Chouzas, cuya alma está llamando a las puertas del Señor en la esperanza de la vida eterna prometida a aquellos que han tenido fe. Porque la fe...
La iglesia estaba abarrotada. Nunca había sido necesario en Figueirido un micrófono para don Celso y, sin embargo, hoy, con micrófono y todo, apenas se le pía en la zona más cercana a la puerta.
—Menudo técnico de sonido que tienen en este pueblucho —cuchicheaba un hombre con acento afeminado a otro que se estaba quitando una fina cazadora negra—. Colocó los altavoces donde más rebota dan. Pero Paco, ¿qué haces?
—Es que hace una calor insoportable.
—¿Has visto la camiseta que llevas?
Era una camiseta blanca con una gran lengua roja en la espalda bajo la que se leía “Eu quero façelo con voçé”.
—Ay, por favor, Paco, que estamos en misa. Ponte la chupa, por lo que más quieras.
—Pero si no se ve un pijo.
Era cierto que la penumbra y la abundancia de gente no permitían a muchos de los asistentes de más atrás leer las sugerentes palabras en portugués, pero sí que estaban al alcance de un hombre barrigudo que sudaba ostentosamente y ya se había aflojado la corbata antes de que el de delante se quitara la chupa.
—¿Has visto, rapaz? Este quiere hacerlo conmigo.
—Mejor mostraras un respeto, que estamos en un funeral.
—Oye, ¿cómo no te cuelas por un lateral a ver si localizas a Maruxa Soliño?
—¿Y cómo sé yo quién es Maruxa Soliño, con el montón de mujeres que hay aquí?
—Elemental, rapaz. Será la única que esté llorando. La única joven, se entiende. Se supone que la madre del muerto también llorará.
El llamado rapaz en realidad era un hombre canoso de unos cincuenta años, que aunque también sudaba, ni se había aflojado la corbata ni había desabrochado la chaqueta de su impecable traje negro. Se deslizó pidiendo permiso muy por lo bajo entre la gente que permanecía de pie en el lateral derecho. Cerca del altar había menos aglomeración. Incluso se podía observar por entero a las personas sentadas en los primeros bancos. También se oía mejor a don Celso, que ya llevaba cuarenta y cinco minutos aprovechando la inusual audiencia para lanzar el sermón de su vida.
—Porque la vida es un tránsito, y sus vanidades una y otra vez nos llevan a olvidarnos de nuestra principal misión aquí, que es la de ganarnos la salvación eterna. Porque donde esté tu tesoro estará tu corazón. ¿Y dónde está nuestro tesoro?
Maruxa Soliño, efectivamente, lloraba. Pero se encontraba al lado del pasillo en la tercera fila por la izquierda, y el rapaz no la podía ver. Era una de las pocas mujeres que llevaba mantilla. Este detalle desentonaba con el color amarillo de su chaqueta corta con hombreras, más propia de una boda que de un entierro.
Había un hombre un poco más atrás, junto al pasillo en el cuarto banco por la derecha, que miraba mucho más para ella que para el cura. Incluso entre la respetuosa actitud general de los feligreses, destacaba su porte exageradamente erguido, como de militar o cuando menos de comandante de la guardia civil.
—Os lo voy a decir. Nuestro tesoro está en las vanidades del mundo. Nuestro tesoro está en el becerro de oro. Pero no estaba ahí el tesoro de José Manuel Loureiro Chouzas, un hombre sencillo, un hombre rechazado injustamente por sus vecinos. Su tesoro estaba en el mar, ese mar sobre el que Nuestro Señor anduvo, porque Dios ama el mar, y los hombres ¿qué hacemos con el mar? ¡Lo llenamos de petróleo!
El alcalde, don Manuel Lendoiro, clavó en el cura unos ojos que estaban distraídos hasta ese momento. Se sentaba en la primera fila, y don Celso no pudo dejar de verlo.
—Lo llenan de petróleo esos barcos extranjeros. Sí, hermanos, es cierto que no sabemos cómo murió José Manuel, pero yo os aseguro que murió de tristeza mucho antes de que la mano pecadora...
El llamado rapaz regresó presurosamente, chocando con unos y otros, hasta donde se hallaba el gordo, a quien sorprendió acercando su sudorosa cara a la nuca del de la camiseta sugerente. Vio cómo soplaba con fuerza, y cómo al volverse el otro le sonrió con su redonda cara mientras le guiñaba el ojo derecho.
—Comisario, no sabía yo que eras maricón.
—Yo tampoco, pero es que me aburro.
—Pues te vas divertir cuando sepas a quién he visto.
—¿A Claudia Schiffer?
—No. A Camporro.
—¿A Camporro? No me jodas. Pero si lo tenían en chirona.
—Pues lo he visto disfrazado de cura. El que da misa, no; otro que hay por delante.
—Este Camporro se cree que está en Manhattan y cualquier día va a caerle un paquete que se va a cagar. Por fin ¿has visto a Maruxa?
—Pues... cualquiera sabe entre tanto barullo. Lo que es llorar, sólo he visto a una mujer, y no era joven.
—Esa será Dorsinda, la madre. Hay que localizar a Maruxa y no perderla cuando salgamos. Venga, vamos a ponernos junto a la puerta, porque Dios en su sabiduría hará que este cura acabe alguna vez.
—Porque las penas del infierno son eternas, mientras que la vanidad de esta vida dura lo mismo que un soplo.
El gordo, antes de comenzar a derivar entre la multitud hacia la puerta, sopló de nuevo en la nuca del de “Eu quero façelo con voçé” y éste se volvió otra vez, con cara de pocos amigos.
—Y yo con voçé —susurró acaramelada la voz del llamado comisario.
—¡Que te folle un pez!
Esta increpación se oyó tan clara muy por encima de la voz del micrófono, que media iglesia se movió intentando conocer el origen. Don Celso interpretó el rumor de oleaje que procedía del fondo del templo como señal de nerviosismo impaciente. Concluyó su sermón precipitadamente.
—No, hermanos, no sigáis al becerro de oro ni escuchéis las promesas de poder y dominio que el diablo os hace cada día. Sed puros y limpios como José Manuel, de cuerpo presente.
El alcalde suspiró aliviado. Aún quedaba una buena parte del ritual, pero por lo menos ya no podía alargarse indefinidamente.
El comisario y el rapaz se colocaron al final del pasillo, por delante de la gente aglomerada junto a la puerta. De este modo, entre los dos podían observar la salida del personal tanto por el pasillo como por ambos laterales.
Cuando cuatro familiares del muerto sacaban muy serios el ataúd pasillo adelante sin levantarlo a la altura de los hombros, Maruxa, gritando ¡Loliño!, se lanzó impulsivamente con todo su peso queriendo abrazarlo. Pilló desprevenidos a los porteadores, de modo que a los dos de la parte izquierda les resbaló la madera de las manos y la caja chocó contra el suelo con estrépito.
Algo más que un grito estalló como una ola de galerna contra las rocas. El féretro se abrió de par en par y allí no yacía José Manuel Loureiro Chouzas, sino...
Julio Arbesú

CAPÍTULO IX
(y último)
La caja quedó atravesada en los primeros escalones de la entrada, la tapa a un lado, astillada, dejaba al descubierto el interior. Allí no estaba el cadáver de José Manuel Loureiro Chouzas, sino dos envoltorios, de un color indefinido, que en algún momento debió de ser blanco.
Maruxa Soliño, extravió la mirada y se le doblaron las rodillas, no cayó al suelo porque la sujetaron dos mujeres que estaban a su lado.
Durante unos instantes todos permanecieron inmóviles, como en una imagen congelada.
El comisario López, seguido del inspector Morales, se abrieron paso entre la gente.
—Atrás, atrás, ¡que nadie toque nada!
Esta pareció la señal para que todo se volviese a poner en movimiento. La entrada de la iglesia se llenó de murmullos. Las personas se empujaban, unas a otras; todas querían presenciar los hechos en primera fila.
—Pero, ¡qué cojones!, ¡estos son dos sacos! —dijo el comisario López cogiendo uno de los bultos para sacarlo de la caja.
—¡Hostia, esto es arena de la playa!
Efectivamente, por una esquina descosida, salía una arena dorada.
—¡Morales, llame a la comisaría que nos manden refuerzos: aquí hay que mantener el orden!
Cada vez había más barullo en la multitud agolpada a la entrada de la iglesia. Los comentarios iban y venían como las olas; el tono de las voces, subía y nadie se marchaba.
En el primer momento, cuando la caja cayó al suelo, el estrépito llegó hasta el fondo de la iglesia.
Abundio Loureiro, percibió que algo iba mal y se acercó a Dorsinda, sujetándola con fuerza por el brazo.
Cuando todos corrían hacía la entrada, Dorsinda, pareciendo reaccionar del estado de postración en que se encontraba, preguntó: ¿qué pasa?
—¡Loliño no está en la caja! —gritó el monaguillo que pasó corriendo a su lado.
La presión de Abundio en el brazo de Dorsinda se hizo más fuerte.
—¡Suéltame!
Algunos que salían corriendo los miraron. Abundio les hizo un gesto tranquilizador.
–Es mejor que no vaya, yo me quedo con ella.
Abundio la arrastró hasta la sacristía. Una vez dentro, cerró la puerta con la llave que había en la cerradura y se volvió frente a Dorsinda, que gritaba:
—¿Qué has hecho con el cadáver de mi hijo, cabrón?
Abundio forcejeaba con Dorsinda.
—¡No grites, carajo!
—¿Que no grite? ¡Déjame salir! Voy a contarles a todos que vendiste el cadáver de mi hijo al alcalde y a aquel tío raro que le acompañaba. Que mucho hablar de la ciencia, del progreso; pero yo vi enseguida lo que querían. Pero tú azorronaste como un muerto cuando te hablaron de mucho dinero. Tuve que ser yo la que los echase de casa. Y luego, tú, a mis espaldas: ¡mal hombre!
Abundio se defendía como podía de los golpes que Dorsinda le daba con el bolso.
—¡Ya basta Dorsinda! ¡Piensa bien antes de hablar, que yo también tengo cosas que decir!
—¿Tú?, ¿qué tienes tú que decir, a ver?
—Algo que llevan mucho tiempo queriendo saber: ¿cómo murió Loliño?
—¿Tú sabes muy bien cómo murió!
—¡Bueno, yo sé lo que tú me contaste, Dorsinda!
—¡Si serás cabrón! ¡Claro que lo sabes!
—¡Sabes muy bien que se dejó morir!, que aquel día no fue a la mar.
La voz de Dorsinda fue bajando de tono, ahogada por el llanto.
—¡Claro que lo sabes! Sabes que desde que nació había que meterlo horas en el mar, porque sino le daban aquellas convulsiones, como las de los peces cuando los dejan vivos en el cemento del puerto, bajo el sol.
Dorsinda se apartaba con las manos las lágrimas que le bañaban la cara.
—¡Mi hijo se dejó morir! Mi hijo aquel día no fue a la mar. ¡Sal y di lo que quieras! Yo tengo la carta que me dejó donde dice que no aguantaba sufrir más, que no encontraba un momento de paz ni en el mar, ni en la tierra. Y el final, que lo tengo a todas horas en la cabeza: “Perdóname madre y llévame al mar”. Y claro que lo llevé, y lo llevaría mil veces, y si te pedí ayuda es porque no podía hacerlo yo sola.
—¡Ya Dorsinda, yo te ayudé a llevarlo al mar, pero cuando llegué ya estaba muerto y tú estabas con él, yo no sé nada más. Es tu palabra contra la mía.
—¡Pero tengo la carta!, ¿tampoco te acuerdas de la carta?
—¿Qué carta Dorsinda?, ¡no hay ninguna carta!
—¡Claro que la hay! La tengo en el cajón de la cómoda.
—¡Entérate de una vez! Ahora no hay ninguna carta, !es tu palabra contra la mía!
—¿Me has robado la carta de mi hijo?
Dorsinda se abalanzó hacía Abundio con los puños en alto.
Cuando la tuvo a su alcance, Abundio la golpeó con toda su fuerza, con la mano abierta, en la cara.
Dorsinda retrocedió, dando traspiés, hasta chocar contra la pared. Se llevó la mano a la boca y se la miró manchada de sangre. Sintió como si, de repente, se hiciese de noche: la noche más oscura del mundo. Que le faltaba la tierra debajo de los pies, con la espalda pegada a la pared se dejó resbalar hasta el suelo.
—¡Miserable! ¡Has vendido el cadáver de mi hijo!
—¡Déjate de monsergas, Dorsinda!
—¡Tenemos que salir! Esos policías de mierda ya se habrán dado cuenta de que no estamos.
Dorsinda no se movía y repetía de forma obsesiva las mismas palabras.
—¡Ahí te quedas!
Abundio se dirigió a la puerta.
Dorsinda le miró y empezó a levantarse, despacio. Recogió del suelo el bolso y un zapato que había perdido en la caída y se dirigió a la puerta que Abundio mantenía entreabierta.
—Si nos preguntan, entramos aquí porque te mareaste, para beber agua.
En el umbral de la puerta, Dorsinda se detuvo un momento, intentó recomponer la ropa y se llevó las manos a la cabeza para arreglarse el pelo. Desde atrás, Abundio la empujó.
—¡Anda tira pa dentro!
Dorsinda, encorvada, salió de la sacristía.
—¡Dios mío qué desgracia!
—¡Pobre hijo!
—¡Loliño, Loliño!
Paz Tomás


FIN DE LA NOVELA
( Casa de la Buelga, Ciañu, Langreo, Junio de 2003)

La lengua viperina de Claymore



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Este tema es del grupo Claymore, unos chavales de El Entrego, que un día decidieron juntar los sonidos que cada uno podía crear, para sacar varios temas propios (y alguna que otra versión) y tocar en donde buenamente podían. De momento, siguen ensayando, tocando sus propias canciones y llevando su música por locales y centros de Asturias. Son seis. Dos guitarras, un bajo, un batería, un teclista y el vocalista.