
Cabeceó y con el movimiento despertó el maestro, de un golpe de vista controló el gallinero que tenía delante de sus ojos.-- Chsssssst! Pero bueno, bueno, que griterío en ese fondo de reptiles. Ya se me están revolucionando demasiado caballeretes, y vosotros los pequeños ¿pero qué pasa? La clase se estremeció esperando el borrador a velocidad supersónica. Algo había que hacer, pensaban aquellos críos porque la tarde era buena para no hacer nada. --Que nos cuente una historia el maestro. --Don Raimundo una pregunta, por favor, por favor, una pregunta. ¿De qué pueblo era el Ingeniero López?
Bueno, pensó medio dormido aún, no es tan fácil determinar el lugar de nacimiento del mencionado. --¿Maizales, y usted, que veo que está tan interesado en las cuestiones que suscitan sus compañeros o compinches, según se mire y aplique el código penal, que opina al respecto?
--Señor maestro yo le respeto siempre a usted, yo, yo… --Creo que será mucho más productivo e interesante que hagamos un repaso a la tabla de multiplicar. Si mal no recuerdo esta semana estamos con la del número ocho. --Pufff! De Villalba, dijo uno y el maestro cerró los ojos con suficiencia. Despabilado pensó que hoy tocaba calmar los ánimos porque acompañaba la tarde tan estupenda que hacía y comenzó a contar:
El ingeniero López cruzó la calle con el bamboleo de su cuerpo y mirando como distraído a izquierda y derecha. No podía dar crédito a lo que le acababa de suceder (Nao acredito o fato) El mismísimo gerente Bauer Pires le había entregado la carta de despido. El mismísimo gerente Bauer Pires que le había subido el sueldo el mes pasado. El ingeniero López va pensando a toda velocidad. Imposible, después de veinte años dedicado en cuerpo y alma a la empresa. ¿Cuánto tiempo necesitaré para cobrar la pensión? El ingeniero López no sabe como dar la noticia en casa. Con dos hijos en la Universidad y otra acabando la secundaria. Ya se lo había comentado el jefe de división Kubishek, que aquellos dos meses de vacaciones pagadas para toda la plantilla algo gordo escondía la empresa. Pero, el ingeniero López no quiso creer en las habladurías y falló. Escondían los despidos posteriores. Sabandijas! El ingeniero López pasó a la carrera y no vio siquiera a la señora Dorotea, una amiga de su mujer, porque no veía nada. Una nebulosa roja le cegaba y la palabra despido le espoleaba como el más fiero jinete provocándole tal cúmulo de sensaciones que estaba noqueado. Revivía el frío de las pensiones de su época de estudiante en Valladolid, fría ciudad castellana. El hambre le volvió a acogotar como cuando esperaba el paquete que enviaba un padre viudo desde la remota aldea. El ingeniero López llegó a su casa y entró como un torbellino. Su esposa le reprendió desde la cocina por no haberse sacado los zapatos. El ingeniero López esbozó un gesto de resignación y comenzó a deshacerse en disculpas y pensaba a mil por hora el momento de dar la noticia. La señora López quedó petrificada y perpleja. El ingeniero López explota en un río de argumentos que traía preparada del camino desde la fábrica y ella consigue entender a duras penas algo de vender alguna finca de su familia para asegurar los estudios de los niños, un no sé qué de que los apartamentos daban pocas rentas y que sólo quedaban unos cuatro mil dólares hasta la jubilación. En ese momento la señora López chilló un no rotundo como un disparo. El ingeniero López se desesperó y estalló en furiosas injurias prometiendo por los huesos de su madre no volver a trabajar para nadie más que para él. Y dando un portazo salió de la casa y marchó hacia la obra. Tenía que terminar pronto el edificio de apartamentos porque con esas rentas podría aguantar otro tiempo. Su cabeza no descansa y busca buscando recordó a Gayol. Estaba por Australia. Precisamente fue Gayol quien sufragó los primeros meses de pensión en Madrid al ingeniero López. Gayol fue también quien adelantó el pasaje de vuelta a España del abuelo López y no como contaba el susodicho que había estado viviendo en plena chakra en la selva cultivando repollos con un vecino y parcero japonés y que de esa actividad se había pagado el viaje. Pero señores ¿cuántas coles necesitaría plantar para que después de partir con el socio y vivir el día a día, hubiera un remanente para cubrir el billete? Una historia inverosímil. Escribiría una carta a Gayol explicándole el caso. El ingeniero López llegó a la obra como había llegado a su casa antes y los obreros lo notaron enseguida. En ocasiones como aquellas no convenía contrariar al ingeniero dijera lo que dijera. Convenía mucho más saludar educadamente. Buenos días señor ingeniero, ¿cuánto bueno por aquí? El ingeniero respondió desabrido con un buen día que sonó a bofetada y sin inmutarse se puso a comprobar los materiales almacenados. Luego subió a los pisos para inspeccionar los trabajos. Si no se la hubiera jugado José Outeiro de Bomfim a estas horas él mismo contaría con unos treinta mil dólares y no estaría al borde del colapso. De repente llamó a un peón y dándole unas pocas monedas le encargó una botella de sidra porque empezaba a tener la boca seca. El ingeniero López seguía cavilando y hablando solo, en voz alta. Trabajó hasta entrada la noche reutilizando el hierro que aquel pequeño mal nacido, que se largó sin pagar rentas ni devolver los préstamos recibidos, había abandonado en su apresurada huida. Tenía que hacer los cálculos pero con las toneladas que tenía en depósito era mejor darles salida en la obra que esperar a que cualquier malandro rondara de noche para robarlas.
El ingeniero López llegó tarde y la cena le esperaba fría en la cocina mientras la señora López lloraba desconsolada con el culebrón de la tele. El ingeniero López comió el cocido sin importarle la temperatura y después corto con la navaja un trozo de chorizo que comió a hurtadillas, con un ojo en la puerta del salón y el otro en el bocado, y rogando al santoral entero para que no dieran paso a la publicidad. Mientras come no deja de pensar qué más quieren de él. Él que se desloma cada día para estudiar tres hijos en la Universidad Católica y mantener a cinco personas, en estos momentos pero ocho durante varios años. Y luchando todo el tiempo para que su padre congeniara con sus suegros. El ingeniero bebió limonada con edulcorante hasta saciarse y con el dorso de su mano se limpió la boca, luego rascándose la barriga el Ingeniero López se metió en su despacho y sacó la calculadora. Pensando en pasta recordó haber visto en algún momento a Cacaramiau, el menino da rúa moreno, y pensó en regalarle una calculadora aunque el crío prefiere reales. Pero no sabe cuándo le vio hoy porque vagaba absorto con el despido ocupando toda la cabeza y la traición urdida por la dirección y secundada por Bauer Pires, subiéndole el sueldo para intentar escamotear el finiquito o la indemnización por despido. Cuanta razón llevaba Kubisheck, su colega jefe de división también. El ingeniero López no cesa de lamentar esa obcecación que le cegó. Agita la cabeza para alejar de si esos pensamientos y suelta un rebufo malhumorado al tiempo que comprueba las operaciones una a una en busca de errores. Aquello no sale. Piensa en escribir a Gayol y coge papel y lápiz. Escribe apretado para aprovechar el papel, como siempre, por ambas caras convirtiendo la misiva en ilegible y temblorosa línea de sombra sobre el papel torturado. Utiliza ese momento como válvula de escape y llega al cansancio completamente entumecido por el estrés soportado. Cae en un sopor que se transforma en sueño, en él aparece Cacaramiau saludándole desde lejos afablemente pues acaba de conseguir la ejecución de la obra de conexión marina mediante fibra óptica entra la isla del gobernador y el Parque Natural de las riberas del Itaipú, Saús y la Mosquitera. Lo iba cantando Cacaramiau por la Avenida dentro de un descapotable color champaña. El gentío alborotado arrojaba confeti y vítores desde las ventanas y balcones. De una travesía llegaba una banda tocando una fanfarria gitana a lo que Cacaramiau respondía con un baile frenético sobre el auto con sonrisa triunfal. El ingeniero López corría detrás del auto para darle la calculadora al menino pero era incapaz de alcanzarle. Aprovecha la ocasión y ahorra, ahorra, le gritaba a Cacaramiau que no tenía oídos para él. En el fragor del desfile el ingeniero López se desespera y comienza a sudar copiosamente. Toma un respiro y al pararse se le acerca un vendedor de escafandras submarinas que es una copia de Bauer Pires y que le comenta incesante las virtudes de los equipos para la respiración submarina, para adelantados, para pioneros, para esa vanguardia que verá llegar la ola que nos condenará a la vida bajo las aguas. El ingeniero cree que de seguir así puede sufrir un infarto pero vuelve a la carrera. Al poco se sienta en el peldaño de entrada en el Banco del Santo Espírito a tomar aire y a su lado aparece un trozo de tocino y un barquillo de coco que le insultan y le tratan de intruso. Que ellos llevan los últimos siete años trabajando esa plaza y que ya se está largando. Sale despavorido a la calle y se encuentra a Cacaramiau invitándole a comer caldo gallego con navizas en una discoteca que se llama "A quien madruga Dios lo mira perplejo". Durante el convite el ingeniero López discute con un minotauro las posibilidades de venta de unos pinos que tenía en el Requinto. De la pesadilla le rescata la llamada de Kubisheck que no puede pegar ojo. El ingeniero López y su colega Kubisheck están hundidos.
A estas alturas del relato los jóvenes y los más críos estaban en el Jardín de las Delicias pero el maestro mirando su reloj de cadena cambió de registro y dijo, mañana repasaremos la tabla del ocho y el nueve, caballeretes, y tosiendo ostentosamente dio por terminada la jornada. Un ooooooh general resonó por la clase. Al rato sonó el timbre y las fieras volvieron a sus cuerpos mortales.
El ingeniero López cruzó la calle con el bamboleo de su cuerpo y mirando como distraído a izquierda y derecha. No podía dar crédito a lo que le acababa de suceder (Nao acredito o fato) El mismísimo gerente Bauer Pires le había entregado la carta de despido. El mismísimo gerente Bauer Pires que le había subido el sueldo el mes pasado. El ingeniero López va pensando a toda velocidad. Imposible, después de veinte años dedicado en cuerpo y alma a la empresa. ¿Cuánto tiempo necesitaré para cobrar la pensión? El ingeniero López no sabe como dar la noticia en casa. Con dos hijos en la Universidad y otra acabando la secundaria. Ya se lo había comentado el jefe de división Kubishek, que aquellos dos meses de vacaciones pagadas para toda la plantilla algo gordo escondía la empresa. Pero, el ingeniero López no quiso creer en las habladurías y falló. Escondían los despidos posteriores. Sabandijas! El ingeniero López pasó a la carrera y no vio siquiera a la señora Dorotea, una amiga de su mujer, porque no veía nada. Una nebulosa roja le cegaba y la palabra despido le espoleaba como el más fiero jinete provocándole tal cúmulo de sensaciones que estaba noqueado. Revivía el frío de las pensiones de su época de estudiante en Valladolid, fría ciudad castellana. El hambre le volvió a acogotar como cuando esperaba el paquete que enviaba un padre viudo desde la remota aldea. El ingeniero López llegó a su casa y entró como un torbellino. Su esposa le reprendió desde la cocina por no haberse sacado los zapatos. El ingeniero López esbozó un gesto de resignación y comenzó a deshacerse en disculpas y pensaba a mil por hora el momento de dar la noticia. La señora López quedó petrificada y perpleja. El ingeniero López explota en un río de argumentos que traía preparada del camino desde la fábrica y ella consigue entender a duras penas algo de vender alguna finca de su familia para asegurar los estudios de los niños, un no sé qué de que los apartamentos daban pocas rentas y que sólo quedaban unos cuatro mil dólares hasta la jubilación. En ese momento la señora López chilló un no rotundo como un disparo. El ingeniero López se desesperó y estalló en furiosas injurias prometiendo por los huesos de su madre no volver a trabajar para nadie más que para él. Y dando un portazo salió de la casa y marchó hacia la obra. Tenía que terminar pronto el edificio de apartamentos porque con esas rentas podría aguantar otro tiempo. Su cabeza no descansa y busca buscando recordó a Gayol. Estaba por Australia. Precisamente fue Gayol quien sufragó los primeros meses de pensión en Madrid al ingeniero López. Gayol fue también quien adelantó el pasaje de vuelta a España del abuelo López y no como contaba el susodicho que había estado viviendo en plena chakra en la selva cultivando repollos con un vecino y parcero japonés y que de esa actividad se había pagado el viaje. Pero señores ¿cuántas coles necesitaría plantar para que después de partir con el socio y vivir el día a día, hubiera un remanente para cubrir el billete? Una historia inverosímil. Escribiría una carta a Gayol explicándole el caso. El ingeniero López llegó a la obra como había llegado a su casa antes y los obreros lo notaron enseguida. En ocasiones como aquellas no convenía contrariar al ingeniero dijera lo que dijera. Convenía mucho más saludar educadamente. Buenos días señor ingeniero, ¿cuánto bueno por aquí? El ingeniero respondió desabrido con un buen día que sonó a bofetada y sin inmutarse se puso a comprobar los materiales almacenados. Luego subió a los pisos para inspeccionar los trabajos. Si no se la hubiera jugado José Outeiro de Bomfim a estas horas él mismo contaría con unos treinta mil dólares y no estaría al borde del colapso. De repente llamó a un peón y dándole unas pocas monedas le encargó una botella de sidra porque empezaba a tener la boca seca. El ingeniero López seguía cavilando y hablando solo, en voz alta. Trabajó hasta entrada la noche reutilizando el hierro que aquel pequeño mal nacido, que se largó sin pagar rentas ni devolver los préstamos recibidos, había abandonado en su apresurada huida. Tenía que hacer los cálculos pero con las toneladas que tenía en depósito era mejor darles salida en la obra que esperar a que cualquier malandro rondara de noche para robarlas.
El ingeniero López llegó tarde y la cena le esperaba fría en la cocina mientras la señora López lloraba desconsolada con el culebrón de la tele. El ingeniero López comió el cocido sin importarle la temperatura y después corto con la navaja un trozo de chorizo que comió a hurtadillas, con un ojo en la puerta del salón y el otro en el bocado, y rogando al santoral entero para que no dieran paso a la publicidad. Mientras come no deja de pensar qué más quieren de él. Él que se desloma cada día para estudiar tres hijos en la Universidad Católica y mantener a cinco personas, en estos momentos pero ocho durante varios años. Y luchando todo el tiempo para que su padre congeniara con sus suegros. El ingeniero bebió limonada con edulcorante hasta saciarse y con el dorso de su mano se limpió la boca, luego rascándose la barriga el Ingeniero López se metió en su despacho y sacó la calculadora. Pensando en pasta recordó haber visto en algún momento a Cacaramiau, el menino da rúa moreno, y pensó en regalarle una calculadora aunque el crío prefiere reales. Pero no sabe cuándo le vio hoy porque vagaba absorto con el despido ocupando toda la cabeza y la traición urdida por la dirección y secundada por Bauer Pires, subiéndole el sueldo para intentar escamotear el finiquito o la indemnización por despido. Cuanta razón llevaba Kubisheck, su colega jefe de división también. El ingeniero López no cesa de lamentar esa obcecación que le cegó. Agita la cabeza para alejar de si esos pensamientos y suelta un rebufo malhumorado al tiempo que comprueba las operaciones una a una en busca de errores. Aquello no sale. Piensa en escribir a Gayol y coge papel y lápiz. Escribe apretado para aprovechar el papel, como siempre, por ambas caras convirtiendo la misiva en ilegible y temblorosa línea de sombra sobre el papel torturado. Utiliza ese momento como válvula de escape y llega al cansancio completamente entumecido por el estrés soportado. Cae en un sopor que se transforma en sueño, en él aparece Cacaramiau saludándole desde lejos afablemente pues acaba de conseguir la ejecución de la obra de conexión marina mediante fibra óptica entra la isla del gobernador y el Parque Natural de las riberas del Itaipú, Saús y la Mosquitera. Lo iba cantando Cacaramiau por la Avenida dentro de un descapotable color champaña. El gentío alborotado arrojaba confeti y vítores desde las ventanas y balcones. De una travesía llegaba una banda tocando una fanfarria gitana a lo que Cacaramiau respondía con un baile frenético sobre el auto con sonrisa triunfal. El ingeniero López corría detrás del auto para darle la calculadora al menino pero era incapaz de alcanzarle. Aprovecha la ocasión y ahorra, ahorra, le gritaba a Cacaramiau que no tenía oídos para él. En el fragor del desfile el ingeniero López se desespera y comienza a sudar copiosamente. Toma un respiro y al pararse se le acerca un vendedor de escafandras submarinas que es una copia de Bauer Pires y que le comenta incesante las virtudes de los equipos para la respiración submarina, para adelantados, para pioneros, para esa vanguardia que verá llegar la ola que nos condenará a la vida bajo las aguas. El ingeniero cree que de seguir así puede sufrir un infarto pero vuelve a la carrera. Al poco se sienta en el peldaño de entrada en el Banco del Santo Espírito a tomar aire y a su lado aparece un trozo de tocino y un barquillo de coco que le insultan y le tratan de intruso. Que ellos llevan los últimos siete años trabajando esa plaza y que ya se está largando. Sale despavorido a la calle y se encuentra a Cacaramiau invitándole a comer caldo gallego con navizas en una discoteca que se llama "A quien madruga Dios lo mira perplejo". Durante el convite el ingeniero López discute con un minotauro las posibilidades de venta de unos pinos que tenía en el Requinto. De la pesadilla le rescata la llamada de Kubisheck que no puede pegar ojo. El ingeniero López y su colega Kubisheck están hundidos.
A estas alturas del relato los jóvenes y los más críos estaban en el Jardín de las Delicias pero el maestro mirando su reloj de cadena cambió de registro y dijo, mañana repasaremos la tabla del ocho y el nueve, caballeretes, y tosiendo ostentosamente dio por terminada la jornada. Un ooooooh general resonó por la clase. Al rato sonó el timbre y las fieras volvieron a sus cuerpos mortales.
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