
Soñábamos, adolescentes, por las calles de París aquel verano, cuando nos topamos con un tipo pelirrojo y gafudo que miraba un plano de la ciudad justo por el lado contrario de aquél en el que estábamos, porque, para ser de Pittsburgh -como Howard nos dijo más tarde- lo cierto es que parecía un poco paleto. Pero nos cayó bien y lo adoptamos y, de camino al albergue juvenil, nos contó que era fotógrafo y que quería ver la Torre Eiffel.
El albergue de Jules Ferry conservaba el aspecto hortera y un poco triste del burdel que había sido hasta pocas semanas antes, porque el empapelado y la visera exterior recordaban mucho a los que yo había visto en las películas de Godard. Compartiríamos dormitorio con un holandés del que hablaré luego, con un inglés del que prefiero no hablar, y con Sam, un chaval simpático y un tanto narigudo que era natural de Tel Aviv.
Luego de las presentaciones, solicitó Howard nuestra ayuda para ir a ver la Torre Eiffel, así que, inocentes, pues tal vez pensamos que las distancias parisinas iban a ser como las de Sama de Langreo, decidimos partir. El caso es que cuando, emergiendo del esmog, apareció la silueta del bello armatoste de hierro, ya llevábamos horas caminando, por lo que resolvimos dar la vuelta y consolar al amigo americano con la promesa de ir otro día en el metro, sin saber que Howard no tardaría en dejarnos por Sam (“chicas, chicas”, decía éste en la media docena de idiomas que sabía).
Cuando, al fin, asomando por detrás de los edificios, hallamos aquella estructura demencial, a mi mente de crío la impresionaron dos cosas. Una: la Torre era de un color gris luminoso y emergente que se recortaba contra el cielo; sin embargo, siempre me la había imaginado, quizás por contraluces, por sombras aparecidas en las fotografías, de color negro. Dos: la Torre emitía como un zumbido, un inmenso cántico de metal, constante, ululante, fantasmal, que le daba la apariencia de un ser vivo, pero estático y monstruoso. Desde arriba vimos París desparramado a nuestros pies. Chaillot detrás, delante el Campo de Marte, y más al fondo, entre la bruma, la Torre de Montparnasse. A la izquierda, como un río de lava solidificada, los Campos Elíseos, y, a la derecha, otro dédalo de calles que hacían desembocar la vista hacia Boulogne-Billancourt y las afueras. Había que respirar hondo porque, aunque aquello era un reclamo para turistas, le daba, por fin, término al sueño de la adolescencia, mientras, muy cerca también, sentía latir los apócrifos corazones con que el gran Víctor Hugo regalara a Jean Valjean o a la gitana Esmeralda un ya lejano día del siglo XIX.
Una noche, después de pasear con Sam y con Howard, que, por cierto, nos enterneció mucho cuando se puso a llorar ante la embajada norteamericana, pues fue todo un espectáculo ver a aquel mocetón, feo y desaliñado, sorberse las lágrimas que resbalaban por la tupida barba roja, nuestro amigo el holandés hizo un poco de circo. Nada más llegar al dormitorio salió por el balcón y trató de colarse en el de unas alemanas, pero acabó sentado en la visera, sobre la puerta de entrada, sonriente y un tanto bobalicón, pues no le habían dejado entrar. El albergue tenía un portero muy mal encarado que acabó por hacernos trocar las lágrimas de Howard en carcajadas cuando, desde la calle y con gran antipatía, le gruñó al de la visera: “Quítate de ahí, mequetrefe, o te echo del albergue”.
Qué pocos días para un pedazo de eternidad. París había obrado el hechizo, y aquellas calles llenas de esplendor: artistas, músicos, malabaristas, las lecturas en el Jardín de Luxemburgo, los paseos por el Barrio Latino, las gárgolas reales de Notre Dame, la visita a aquella tienda de la ‘bande desiné’, las fotos en blanco y negro, los puentes, una partida en la máquina de un bar oscuro perdido en el bulevar, la consabida peregrinación a la tumba de Jim Morrison en Père Lachaise, la rué Jules Verne donde se rodó “El último tango”, el rechinante colorido pálido del Sacre Coeur a la luz del atardecer con sus escaleras inmensas llenas de jóvenes tan jóvenes como nosotros en aquel verano del 83 tocando la guitarra, las revueltas por las callejuelas adoquinadas del 68, pintores exponiendo su arte rancio y cansino, restaurantes de velitas seguramente tan caros, la fachada pinturera del Molin Rouge… tal vez habían logrado el sortilegio, y que el adolescente dejara dentro de aquel sueño sus sueños de niño, para ganar, así, los sueños reales del adulto que, como la Torre, comenzaba a emerger entre el esmog de la vida.
Eran las diez cuando nos pusimos a hacer autostop en la salida norte. Muy pronto, al paso de un descapotable lleno de nenes bien, todos los que estábamos en la nutrida cola de autostopistas comenzamos a estornudar ruidosamente, pues se ve que hay cabrones en todas partes, incluso en los sueños. Pero le quitamos importancia, porque enseguida subimos a un GS rojo que nos dejó en el centro de Bruselas.
Eternamente reñirán en mi memoria el bobo de la visera y el enojado conserje, mientras Sam sigue buscando a sus chicas. En cuanto a Howard, aún conservo su dirección en Pittsburgh, pero nunca más supe de él. Ni siquiera llegué a pedirle copias de las muchas fotos que nos hizo.
TEXTO: FRANCISCO J. LAURIÑO
El albergue de Jules Ferry conservaba el aspecto hortera y un poco triste del burdel que había sido hasta pocas semanas antes, porque el empapelado y la visera exterior recordaban mucho a los que yo había visto en las películas de Godard. Compartiríamos dormitorio con un holandés del que hablaré luego, con un inglés del que prefiero no hablar, y con Sam, un chaval simpático y un tanto narigudo que era natural de Tel Aviv.
Luego de las presentaciones, solicitó Howard nuestra ayuda para ir a ver la Torre Eiffel, así que, inocentes, pues tal vez pensamos que las distancias parisinas iban a ser como las de Sama de Langreo, decidimos partir. El caso es que cuando, emergiendo del esmog, apareció la silueta del bello armatoste de hierro, ya llevábamos horas caminando, por lo que resolvimos dar la vuelta y consolar al amigo americano con la promesa de ir otro día en el metro, sin saber que Howard no tardaría en dejarnos por Sam (“chicas, chicas”, decía éste en la media docena de idiomas que sabía).
Cuando, al fin, asomando por detrás de los edificios, hallamos aquella estructura demencial, a mi mente de crío la impresionaron dos cosas. Una: la Torre era de un color gris luminoso y emergente que se recortaba contra el cielo; sin embargo, siempre me la había imaginado, quizás por contraluces, por sombras aparecidas en las fotografías, de color negro. Dos: la Torre emitía como un zumbido, un inmenso cántico de metal, constante, ululante, fantasmal, que le daba la apariencia de un ser vivo, pero estático y monstruoso. Desde arriba vimos París desparramado a nuestros pies. Chaillot detrás, delante el Campo de Marte, y más al fondo, entre la bruma, la Torre de Montparnasse. A la izquierda, como un río de lava solidificada, los Campos Elíseos, y, a la derecha, otro dédalo de calles que hacían desembocar la vista hacia Boulogne-Billancourt y las afueras. Había que respirar hondo porque, aunque aquello era un reclamo para turistas, le daba, por fin, término al sueño de la adolescencia, mientras, muy cerca también, sentía latir los apócrifos corazones con que el gran Víctor Hugo regalara a Jean Valjean o a la gitana Esmeralda un ya lejano día del siglo XIX.
Una noche, después de pasear con Sam y con Howard, que, por cierto, nos enterneció mucho cuando se puso a llorar ante la embajada norteamericana, pues fue todo un espectáculo ver a aquel mocetón, feo y desaliñado, sorberse las lágrimas que resbalaban por la tupida barba roja, nuestro amigo el holandés hizo un poco de circo. Nada más llegar al dormitorio salió por el balcón y trató de colarse en el de unas alemanas, pero acabó sentado en la visera, sobre la puerta de entrada, sonriente y un tanto bobalicón, pues no le habían dejado entrar. El albergue tenía un portero muy mal encarado que acabó por hacernos trocar las lágrimas de Howard en carcajadas cuando, desde la calle y con gran antipatía, le gruñó al de la visera: “Quítate de ahí, mequetrefe, o te echo del albergue”.
Qué pocos días para un pedazo de eternidad. París había obrado el hechizo, y aquellas calles llenas de esplendor: artistas, músicos, malabaristas, las lecturas en el Jardín de Luxemburgo, los paseos por el Barrio Latino, las gárgolas reales de Notre Dame, la visita a aquella tienda de la ‘bande desiné’, las fotos en blanco y negro, los puentes, una partida en la máquina de un bar oscuro perdido en el bulevar, la consabida peregrinación a la tumba de Jim Morrison en Père Lachaise, la rué Jules Verne donde se rodó “El último tango”, el rechinante colorido pálido del Sacre Coeur a la luz del atardecer con sus escaleras inmensas llenas de jóvenes tan jóvenes como nosotros en aquel verano del 83 tocando la guitarra, las revueltas por las callejuelas adoquinadas del 68, pintores exponiendo su arte rancio y cansino, restaurantes de velitas seguramente tan caros, la fachada pinturera del Molin Rouge… tal vez habían logrado el sortilegio, y que el adolescente dejara dentro de aquel sueño sus sueños de niño, para ganar, así, los sueños reales del adulto que, como la Torre, comenzaba a emerger entre el esmog de la vida.
Eran las diez cuando nos pusimos a hacer autostop en la salida norte. Muy pronto, al paso de un descapotable lleno de nenes bien, todos los que estábamos en la nutrida cola de autostopistas comenzamos a estornudar ruidosamente, pues se ve que hay cabrones en todas partes, incluso en los sueños. Pero le quitamos importancia, porque enseguida subimos a un GS rojo que nos dejó en el centro de Bruselas.
Eternamente reñirán en mi memoria el bobo de la visera y el enojado conserje, mientras Sam sigue buscando a sus chicas. En cuanto a Howard, aún conservo su dirección en Pittsburgh, pero nunca más supe de él. Ni siquiera llegué a pedirle copias de las muchas fotos que nos hizo.
TEXTO: FRANCISCO J. LAURIÑO
La imagen del cementerio de Père-Lachaise está tomada de www.astrored.org
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