Habitualmente me dirijo a vosotros desde las páginas de este periódico, para dar mi opinión sobre economía, sociedad, política o deporte, con más o menos acierto, gustando a algunos pocos, cabreando a otros, y siempre con el firme propósito de provocar una reacción social que busque el progreso humano; al menos esa es mi pretensión. Pero en esta ocasión, intento otra cosa. Quiero transmitir mis condolencias a los familiares de los fallecidos, en el accidente aéreo de la T-4, y reconocer la labor de todos los que les han apoyado con su anónimo hombro; a los que se la jugaron en la operación de rescate y a los que dieron cobijo a quienes lo necesitaban, pidiéranselo o no. No sé si intento esbozar nerviosamente estas líneas por la escalofriante magnitud del desastre, o por que pocas horas después volaba, en compañía de mi hermano, hacia Asturias, con la misma compañía siniestrada, sin enterarnos de nada hasta llegar a Ranón, atenazándoseme, el gaznate y anudándoseme el estómago, por el miedo y la tensión acumulada en los días posteriores... ¡No sé...!
Cuando una catástrofe produce víctimas, y si estas son muy numerosas, se tiñe de dolor la conciencia colectiva de un país, y del mundo entero; por ello siempre, a posteriori, las muestras de dolor y solidaridad con sus familiares son unánimes. Minutos de silencio, comprensión y solidaridad son las respuestas mas loables hacia ellos. Por y para su reconocimiento.
Inmediatamente ocurre la tragedia, rápidamente y por encima de todo, aparecen un conjunto de personas anónimas que dan su ser, y más aún, sin miedo a perderlo todo, incluso su vida, por ayudar, dar consuelo y limpiar lo rastros de sopor que empañan a los que sobreviven. El pasado miércoles, veinte de agosto, fue uno de esos días. Después del accidente del JK5022; cientos de bomberos, médicos, ats, policías, guardias civiles, periodistas, miembros de protección civil, psicólogos, curas... se movilizaron, casi todos voluntariamente y por devoción, para servir en lo que fuera necesario. Los que tenemos algún amigo en esas profesiones sabemos que, en la mayor parte de los casos, su grandeza humana se camufla en la vida cotidiana y se desparrama en las calamidades y ante las adversidades. Si hacemos la minuta de esos héroes, no podemos empezarla sin olvidarnos del personal de vuelo del avión siniestrado, cuya compostura, mantenida hasta el final, debió ser ejemplo de profesionalidad. Pensemos cuánto debió sufrir el piloto, si los forenses llegaron a corroborar la apreciación del bombero que rescató su cadáver, quien observó que tenía los brazos rotos; plausiblemente por pretender estabilizar una nave de ciento de toneladas, sin alerones, motores en llamas y mandos de control inservibles, y siendo responsable de la vida de cientos de personas. Seguidamente; anotemos a los compañeros, de Spanair, en las naves que volaban, por doquier, en tiempo posterior al accidente. Nada dijeron, ni dieron a entender del mismo, haciendo gala de la misma profesionalidad. Los demás; igualmente anónimos para el conjunto de la sociedad, son los antes citados; los que aparecieron en los reportajes de las televisiones, radio, prensa, etc; en primera línea de choque, anteponiendo sus miedos y demonios internos por salvar a los heridos y rescatar fallecidos, de entre hierros candentes, mares de queroseno ardiendo, jugándose la vida. Igualmente memorables, las huestes de los que apoyaron desde lo racional o espiritual a las familias después de la, eufemísticamente llamada, traumática amputación psicológica. Recordemos que según los expertos en resolución de situaciones críticas, ellos mismos necesitarán ayuda profesional, cuando se derrumben. Siento un profundo pesar y frustración por que este sencillo y sentido reconocimiento, unido a mi más sincero abrazo, no les pueda llegar a todos. Gracias a estas personas todavía se puede esperar cosas buenas de la sociedad y consecuentemente creer en el ser humano.
No me queda más dentro; creo haber vaciado mi alma de lágrimas viendo las imágenes de televisión y de gritos ahogados con estas líneas. La vida sigue, con dolor para algunos y esperanza para otros; y es que, de momento, las medallas españolas en los Juegos de Pequín, y los records del gran Usain Bolt quedan en un segundo plano, casi en el olvido. Incluso para alguien, como yo, que ama el atletismo con pasión, serán como un flotador pinchado en un proceloso mar de dudas y temores. En situaciones como ésta, el espíritu Epicuro nos hace recordar que ocupando una carcasa, más o menos atractiva, durante cuatro días, sin saber cuándo y cómo vamos a ser desalojados de ella, ni a dónde nos llevara su abandono... ¿ A otro nivel espiritual... La reencarnación; quizás... El cielo...La oscuridad...? Por ello; y ante la incertidumbre, ¿Por qué seguir queriendo buscarle las cosquillas al vecino? In memoriam.
Heri Gutiérrez García
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