TENÍAMOS un tiesto con claveles,
las coplas dedicadas por la radio
y un corazón de periferia
con vistas a la diáspora y al tizne.
Yo contaba con dos años, tan blanca la
memoria
que no recuerdo nada, pero he visto mi
barrio
en una exposición de arquitectura
que muestra las vanguardias y el enjambre
moderno.
La vivienda social era una huida
de los asentamientos marginales.
Así, pensando en los más pobres
y en nuestra natural inclinación
al revoltijo y a la bronca,
nos construyó el franquismo un polígono
de casas protegidas, de refugios al margen,
como nidos aislados de hipoteca.
En medio de un solar sin jardineras,
ni césped verde inglés, ni toboganes,
se edificó una urdimbre de bloques tan
idénticos,
con sus cubiertas de teja a dos aguas,
como idénticas jaulas de tristeza
para pájaros torpes o vidas que no logran
alzarse, y a ras de asfalto se mueven
con sus muros de carga paralelos.
Viviendas solidarias, dijeron los ministros.
No dijeron más dignas que nosotros,
criaturas sin modales ni costumbre,
casi bestias del campo a la intemperie.
Porque un techo no basta. Porque no hay
dignidad
ni en la pobreza ni en el hambre.
Teníamos un cielo lapislázuli
igual que en las películas.
Y un corazón a dos aguas de cauce
turbulento,
y un corazón a dos lavas de volcán
siciliano,
y un corazón a dos sangres fluyendo por
los días.
Teníamos un arte de realismo puro:
fachadas de ladrillo visto,
polvaredas del natural,
secuencias al estilo de Vittorio de Sica.
Y un corazón al revés, a dos aguas.
Pero con una sola muerte.
Isabel Pérez Montalbán
De "El frío proletario" Litoral 2002