Por impacto ambiental se entiende el efecto adverso que produce una determinada actuación humana sobre el medio ambiente. Técnicamente, es la alteración de la línea base de la naturaleza y sus recursos, debido a la acción antrópica o a catástrofes naturales, aunque bien es cierto que esta segunda posibilidad, es además de impredecible, difícil de minimizar. Nada más que pensar en los destrozos causados por un tsunami. Otra cosa es que, siguiendo la teoría del “efecto mariposa”, podamos pensar que el comportamiento humano, irracional y agresivo contra su entorno, genere el descontrol de la propia naturaleza. Aunque consideremos que la mano del hombre actúa buscando la consecución de fines loables - mucho es suponer esto viendo las continuas violaciones de fronteras geográficas o de conciencia - los efectos colaterales son casi siempre negativos y fácilmente detectables por cualquier evaluación de impacto ambiental (EIA). Resultado final es la pérdida de la biodiversidad, la degradación de los recursos naturales y finalmente la devastación de los ecosistemas. Y todo de forma irreversible.
El impacto ambiental se genera localmente, pero sus adversas ramificaciones afectan a todo el mundo. Recordemos los casos del “Edson Valdés”, “Prestige”, “Chernobil” o nuestro “Castillo de Salas” y no olvidemos las sucesivas guerras que continuamente asolan el planeta sembrándolo de radiaciones y desechos militares diversos. Pero también existen impactos, casi siempre negativos, sobre el medio social, que podemos clasificar en económicos, socioculturales, tecnológicos y hacia la salud y finalmente están los relacionados con la actividad productiva, que suponen costes superiores al tener que sanear los ambientes contaminados y la pérdida de calidad de los productos finales.
Una vez comentada la importancia del impacto ambiental, podemos definir el concepto de huella ecológica, origen de aquél, como indicador agregado definido por «el área de territorio ecológicamente productivo (cultivos, pastos, bosques o ecosistemas acuáticos) necesaria para producir y para asimilar los residuos producidos por una población dada con un modo de vida específico de forma indefinida». Su objetivo es evaluar el impacto producido en una zona por un determinado modo o forma de vida y, consecuentemente, su grado de sostenibilidad. Con ella se puede analizar la apropiación humana del entorno y hacer comparaciones en el espacio y el tiempo. En su cálculo se usan como parámetros las hectáreas utilizadas para urbanizar, generar infraestructuras y centros de trabajo, las que proporcionan el alimento vegetal necesario, la superficie para pastos que alimenten al ganado, el espacio marino necesario para pescar y finalmente las hectáreas de bosque que asuman el CO2 provocado por nuestro consumo energético exagerado. Se considera que 1,7 hectáreas para cada habitante del planeta es la cantidad justa de equilibrio. A día de hoy, el uso medio está en torno a los 2,8, con todo lo que ello significa a nivel global. De esta manera, y si no somos capaces de variar los actuales hábitos de consumo, fagocitadores e irracionales, los planteamientos y actuaciones para conseguir una senda de desarrollo sostenible serán baldías.
Importante es saber que los recursos naturales, como bienes económicos que son, tienen condición intrínseca de escasez. Es decir, es más que posible su agotamiento. Y se explica a partir de tres reglas básicas relacionadas con el desarrollo sostenible y la inexistencia de crecimiento demográfico. Estas son; que ningún recurso renovable deberá utilizarse a un ritmo superior al de su generación, que ningún contaminante deberá producirse en mayor cuantía a la que pueda ser reciclado, neutralizado o absorbido por el medio ambiente y finalmente que ningún recurso no renovable deberá aprovecharse a mayor velocidad de la necesaria para sustituirlo por un recurso renovable utilizado de manera sostenible.
...Y todo esto; ¿ por qué viene a la cabeza?. Recientemente, en nuestra cuenca, del alma, querida se han cruzado opiniones discordantes a cerca de la necesidad, o no, de “empantanar” Caleao, sobre la conflictividad de la red Lada-Velilla o sobre la concienciación social del consumo racionalmente sostenido. La opinión de este economista, a modo de ecologista hippie trasgresor, abanderado de la sustentabilidad medioambiental, y por si a alguien le pudiera importar, se suma a quienes creen que la creación de nuevas presas, más aún si es en parques naturales, no es económicamente plausible por el grandísimo impacto ambiental que supondría. Además sepan ustedes que cada veinte o treinta años, según la pureza de las aguas de los ríos que los nutren, el continente del mismo, su vaso, se satura de lodos y el coste de drenarlo es elevadísimo, de ahí la necesidad de volver a “tapiar” otro valle. ¿No les parece que es lo mismo que hacen las langostas de aire, que no las sabrosas de mar?...
Por otro lado los estudios de la Universidad de León consideran que otro terrible impacto, visual y ecológico, vendría derivado de la construcción y ubicación de las torres de la antes citada red eléctrica Lada - Velilla, sin olvidar la emisión de ondas electromagnéticas, demostrada la culpabilidad de éstas en el desarrollo de cierto tipo de cánceres.
¿Qué propongo?. Evidentemente no la vuelta a las cavernas. Más bien todo lo contrario; peleo por la concienciación de los ciudadanos en el consumo responsable de la energía y los recursos naturales, a partir de una educación comprometida y militante, también extensible al ámbito empresarial, sobretodo en lo referido al agua, su de depuración y reutilización. Esto, amigos míos, es labor de todos; inicialmente desde las Administraciones, en sus diferentes niveles, pasando por grupos políticos, sociales y sindicales, educadores y demás profesionales. Otros planteamientos son armas de doble filo, políticamente correctas o no, en función de quien las enuncie, pero siempre lejos de la dirección en la que soplan los nuevos vientos que beben los países más desarrollados. Y estos, hacia los que debemos tornar nuestros ojos, con amplitud de miras y ausentes de dogmatismo, paradójicamente son los nórdicos, no los angloparlantes, mal que les pese.
Heri Gutiérrez García
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