Suda convulso dentro de la cama, atrapado en una pesadilla con voz en off:
--¡Segismundo, convéncete, la vida es una barca, un pequeño caparazón, mareo, vómitos, pestilencia a pescado... una mierda, corazón!
Desde las ventanas se abren desplegables que muestran sacacorchos incrustados en enormes sandías sangrantes.
Siente que se le acerca alguien arrastrando un carrito de supermercado susurrando una letanía autista --que la vida es sólo un sueño y los sueños cine son-- que la vida es sólo duelo y los duelos tristes son.
--Amigo mío -continúa la voz machacando a nuestro héroe-, su fuerza extraordinaria forma un arco de luz que atrae a todos, que obliga a mirar a pesar del dolor que provoca. ¡Despierta, corazón!
A menudo a la gente que duerme se la confunde con bultos, con objetos abandonados a su suerte, olvidan que abundan los tigres que persiguen mariposas mientras silban distraídos alguna canción.
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