Antón ya podía respirar tranquilo. Desde hacía dos años, cuando consiguió el trabajo de enfermero en Chaves, vivía en una situación de semiclandestinidad que le obligaba a viajar por caminos vecinales para sortear los controles de la Policía portuguesa. Aun así no había podido evitar que en tres ocasiones su vehículo fuera denunciado y sus documentos requisados por circular habitualmente en el país vecino con un coche de matrícula española. De nada sirvieron sus alegaciones de que la endémica escasez de comunicaciones en esa zona fronteriza le obligaba al uso del vehículo particular. Sólo podría hacerlo de forma legal rematriculando su coche en Portugal, pero se negaba a someterse a ese costoso trámite cuando en el resto de Europa la libre circulación de bienes y personas era un derecho que se ejercía sin problemas. Aunque ya había pagado 3.000 euros en multas Antón, como los otros millares de trabajadores en Portugal, seguía decidido a resistir hasta que el caso se resolviera. Debido al asunto del coche comenzó a interesarse por todo lo que se refería a las relaciones hispano-portuguesas y se hizo un seguidor atento de lo que se cocía en las llamadas cumbres ibéricas que se celebraban cada año. Pronto comprobó que de problemas menores como el suyo nunca se hablaba, pero, en compensación, se fue informando de la ingente cantidad de proyectos y actividades conjuntas que ambos países desarrollaban febrilmente y día a día sin que nadie pareciera enterarse. Para él Portugal había sido el país donde se iba a comprar toallas y ahora, la clínica de Chaves donde trabajaba. Sin embargo, la información sobre las cumbres le fue abriendo los ojos a una realidad que desconocía: España y Portugal tenían un mercado común de la electricidad y del gas, aprobado en 2003, aunque las tarifas aún no habían bajado, sino al contrario; iban a hacer, en el 2013, un tren de Alta Velocidad que dejaría chico al AVE; acababan de poner la primera piedra de un laboratorio de nanotecnología (gracias a las cumbres Antón se había enterado del significado de la palabreja) que ya habían anunciado tres años antes... etcétera, etcétera, etcétera. La potencia de aquel incesante flujo de ideas se reflejaba en el número de siglas (CEITA, CETAG, IIN, OMEL, OMIP, OME) que aparecían en las informaciones, cada una de las cuales indicaba un proyecto, un programa, una innovación. Leyendo lo que decían los diarios sobre la cumbre de aquellos días en Braga Antón se sintió más iberista que nunca al comprobar que, además de solucionar su problema, los veintiún ministros y dos jefes de Gobierno presentes habían tenido tiempo para tomar una decisión histórica: producir conjuntamente un nuevo vehículo urbano (el Mibe) «pequeño, económico y ecológico», que pondría a la cabeza de la UE a nuestra prestigiada industria automovilística. «Decididamente, estamos en Europa», pensó Antón. Por eso no entendió las palabras de su padre cuando se lo contó: «¿Veinte tres ministros para resucitar el biscúter?».
Francisco José Faraldo es coordinador de la asociación Área Ibérica
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