Allá por1904, un escritor escocés, pasó a la historia por crear un personaje que fue héroe de varias generaciones posteriores; y éste no era otro que Peter Pan. James Matthew Barrie, que así se llamaba el autor, se sacó de la chistera de su fantasía un personaje que se negaba a crecer y, liderando una furibunda cuadrilla de jóvenes si patria ni padres, se divertía ad eternis tocando las campanillas al inefable capitán Garfio. ¿Quién en su infancia o juventud no quiso se como el bueno de Peter?. Coger una daga justiciera y volar con los polvos mágicos, de la ilusión, no de la química, con su platónico amor de juventud, la madura Wendy. Unión y fusión imposible por que, después de la lógica impresión inicial a la luz del macarrilla, sin civilizar, pero de ideas nobles y corazón honesto, la damisela no entendía la negativa en redondo del joven Pan a crecer y hacerse adulto. ¿Cuántas veces por inmaduros hemos perdido la oportunidad de nuestra vida, varados en al anden del olvido, por no atrevernos a montar en el tren del progreso? Y esto monta tanto para personas como para regiones o países. Por que mirándonos el ombligo, se nos pasa el tiempo y lo malo es que este maldito nunca vuelve. No sé; creo que a veces me repito como una fabada, aliñada con todo lujo de compangos, y necesitaría un cambios de aires, como el que le ofrece el cascado y ruidoso ventilador a este cansado ordenador que me aturde con su sonido decrépito mientras eyaculo este sinsentido artículo. Pero todo pasa con el tiempo y aunque deje surcos, más o menos profundos, nos permite crecer, a lo ancho, a lo largo y esperemos que también en esencia y sensatez. De hecho el gran Peter ya acudió a unas cuantas sesiones terapéuticas sobre autoestima personal y, ya curado, da charlas sobre el síndrome, que lleva su nombre, en varias Universidades de prestigio. ¡Esperemos qué le cunda! Y ¡Qué le vaya bonito...!
Más de un siglo ha pasado ya del nacimiento de aquel “niñato de leotardos verdes” que todos los adultos nos intentaban quitar de la cabeza adolescente; años después de que ellos mismos lo hubiesen presentado, una y mil veces en letárgicas narraciones que nos proferían cuando la fiebre infantil nos dejaba postrados en la cama; incrédulos e incapaces de sospechar que la fácil y licenciosa forma de vida de aquel salvaje podría seducirnos mínimamente. Desgraciadamente en la mayor parte de los casos, con el rodar del tiempo, nos despojábamos del sombrero tirolés, símbolo de rebeldía juvenil, y lo cambiamos por el propósito de ponernos el mundo por montera. Condición que se me antoja, para algunos terriblemente sensual; como si esperasen consensuar todas las opiniones en torno a la grandeza de su persona y buenhombría. Como si el deseo por prevalecer nos dejase el orgullo henchido de grandeza, como si la vanagloria alimentase nuestro ego. Y todo por querer mandar más que el Rey. Por que el príncipe Peter, como Edipo, siempre ha querido matar al padre y al no conseguirlo se expatría hacia el país de Nuncajamás donde ha comprendido que vivir en sociedad es más, mucho más, que ponerse unos tirantes, engominarse el pelo, hablar con gesto elocuente y creerse el océano de la sabiduría. Como corolario; mientras muchos escalen en la pirámide social, con ciertas artes, arrancando de cuajo las cabezas de sus congéneres, violando derechos impunemente, alienando a quienes opinan distinto y golpeando las sienes de los desafortunados, mal rotara el mundo sobre su eje; tanto que amenaza con salirse de su órbita y estrellarse contra los muros de la impotencia.
Otrora, cuando la razón reinaba en la planeta; si es que esto ocurrió alguna vez, allá en la Tierra Media del Señor de los anillos, se valoraba el compromiso con los desfavorecidos, el paso al frente ante los problemas e injusticias sociales y el horizonte era el progreso humanos, que pena de años ochenta; hoy triunfan los “triunfitos” de la operación; el “gran hermano”, en su enésima versión, cada año más desastrosa; el “pirulazo” rápido sin ningún escrúpulo; la foto al lado de “Tiger” Woods… Y eso hace, mal que nos pese; que la baraja haya pintado en bastos, ha varias manos; sin cantar las cuarenta, por que el jinete se escapó con la sota, de copas, a Madagascar y coincidiendo con el nuevo “Dioni” de turno han abierto un lupanar al lado de la playa.
La lotería, no solo la de Navidad, “prociegos” o euromillón inundan nuestras vidas, nos arropan en las frías noches con mantas de tres forros que las convierten en pulcro satén. Y todo vale; ¿O no?.
La respuesta; está en el aire, como los sonidos del silencio de Simon & Garfvunkel; la pelota en el tejado; y yo me pregunto; ¿Quién narices, de verdad, va a ser el encargado de ponerle el cascabel al gato?. Labor que se antoja solidaria, no de unos pocos. Si no es imposible que la sociedad, aun como ahora la conocemos, no se desmorone, pieza a pieza; que los valores humanos no se dispersen y la sinrazón campe por el fuero de nuestras vergüenzas. Otro año más, entre vosotros y deseándoos como siempre un cálido Carpe Diem; amigos.
Heri Gutiérrez
No hay comentarios:
Publicar un comentario