domingo, 7 de marzo de 2010

“...Y Margarita cogió su fusil”

Fue la semana pasada; estábamos esperando, a Enrique Blanco, para grabar un nuevo programa “La Antoxana” para la televisión de las Cuencas Mineras. Dialogabamos delante de la puerta de curterón de la casa de Ramón y Josefa, cuando ésta salió a saludarnos con “unes tapines de chorizu y quesu cabrales”; muy rico todo, por cierto. Creo que estábamos César Falcón ex presidente de la asociación de peluqueros de España, Albino Suárez, el poeta y editor, Juan Felgueroso, director del IES de “La Quintana” de Ciaño y Marcelino García, columnista de La Nueva España y Ciudad Lineal, junto con el que os escribe. Mientras saboreábamos los manjares; Josefa nos comentaba, a propósito del próximo día erigido en conmemoración de la mujeres trabajadoras y, por extensión e todas las demás, algo muy triste que le había ocurrido a Margarita, una vecina suya. Nos conminó a “Marce” o a mi para que comentásemos este relato en la prensa. Simulamos un duelo, como el épico de Ok corral. Aprovechando los entrenamientos de velocista acumulados y que llevaba el ultraportátil en mi mochila, gane en buena lid al Duke. Aunque ahora que lo pienso; creo que fue su cortesía profesional, que me lo permitió; la propia del maestro ante el bisoño novato.
Josefa me comenzó a narrar las penurias que sufrió su amiga, a lo largo de toda su vida. “Fiu, yo que suerte tuve con Ramón”, me decía. Al parecer “Marga” casó joven, al borde de la adolescencia, con Manolo, quince años mayor que ella. Rápidamente quedó embarazada de su primer hijo y sin descanso llegó la pareja; luego otra, otro y finalmente Benjamín. Los avatares y la acelerada madurez de la niña no hicieron más que empezar. Pasados años y años de penuria, porque en aquellas la minería era mucho más dura que ahora. Los horarios; extenuantes y los sufría, por duplicado, la esposa y madre que quedaba en casa. Yendo a lavar al río; las mujeres se contaban los malos tragos que les servía la vida. Margarita, una de las más desafortunadas, desesperaba esperando a su hombre, hasta altas horas de la madrugada, para darle la cena. Cuando éste llegaba, después de rendir pleitesía a los parroquianos de los “chigres” que había desde el “pozu” a casa, exigía la cuota de amor envasado al frío y sin calentar. Eso sí, rápido se cansaba y exhausto; a roncar. A Maragrita no le quedaba otra que ir corriendo y llorando a contárselo a su vecina. Años y montoneras de latas frías pasaron, aderezados con gritos del ogro desde su caverna cuando los críos en sus juegos dominicales, antes de la misa, le despertaban de su reposo macerado en anís de guinda. Y un mal día; la niña pequeña comentó algo de unas “faltas”, después de varios descuidos y ninguna información. ¡Ahí lo tienes; eso ye lo que hiciste con la tu fía...!gritaba manolo. Siempre pasaba así; como cuando el chaval había colgado los estudios, pasado el ecuador de la Ingeniería de minas. También ese día había pasado a ser solo hijo de ella; antes había sido el ejemplo y el ojito derecho del padre. Pero no; los juguetes rotos; se rompían por culpa de su madre; y ella se los comía. Y en la mente del macho, que ya no los quería ni ver, quedaban para su “... madre”. Así lo habían educado a él sus padres; centro de la creación, pagador de vicios familiares, incomprendido por todos. Y se lo creía o al menos quería que los demás se lo “tragasen”, por vanidad y orgullo personal; el del macho.
Pero afortunadamente los años siguieron pasando, y algo sucedió. Poco a poco; la sociedad fue dándose cuenta que incrustado, en lo más profundo del corazón de su cultura, llevaba algo podre que debía ser amputado so pena de colapsar el sistema. Desgraciadamente; habían muerto muchas mujeres y sufrido el calvario del desamor propio y ajeno muchísimas más. Afortunadamente; la razón reacciono y se les cayó la máscara a algunos, a los que se les llamó “maltratadores”; otros pudieron seguir eludiendo las tobilleras y brazaletes de proximidad y la vergüenza de ser descubiertos en su impotencia para ser seres sociales. Así Margarita y muchas flores como ella, pudieron crecer como personas libres en el derecho a su propia vida. Ahora la pelota está en nuestro tejado; más allá de las cuotas mínimas, de los roles sociales. Porque el horizonte está en la igualdad de oportunidades, el derecho a ser distinto dentro de la colaboración para que el mundo sea mejor para los que vengan detrás.



Heri Gutiérrez García.

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